domingo, 31 de agosto de 2025

Reseña de "ETIOPÍA"

La obra “Etiopía”, fruto de la colaboración entre el grupo BORDE y Vagabundos, bajo la dirección sensible y precisa de Lucas García, es un viaje conmovedor hacia la memoria, la identidad y la esperanza. Inspirada en el texto de Mariana Mazover, la pieza nos presenta a Brumaria y Germinal, dos muñecas que esperan el regreso de Herminia, hija de militantes desaparecidos. Desde esa premisa, lo que podría parecer un relato íntimo se transforma en una metáfora poderosa que trasciende lo personal para convertirse en un espejo de la historia de un país entero.

Mazover, en sus propias palabras, concibe la obra como una necesidad de dar voz a quienes ya no están, de rescatar del silencio a los desaparecidos y transformarlos en memoria viva. Etiopía es, entonces, un homenaje profundamente humano y político: un tributo a quienes lucharon por un futuro mejor, a quienes soñaron con un país más justo, un futuro que, como recuerda la autora, incluye también a su propia generación.

La puesta en escena es de una brillantez conmovedora. La tensión dramática se percibe desde los primeros instantes, y la estructura teatral —dos personajes en espera, suspendidos en un tiempo indefinido— se explota con maestría. El humor, sutil y necesario, aparece como respiro, mientras la ternura se entrelaza con el dolor, creando una experiencia compleja, rica en matices, que conmueve sin caer en solemnidades.

El trabajo corporal de Camila Banque y Ludmila Ferrigno merece un reconocimiento especial. Su transformación en muñecas es hipnótica: cada gesto, cada movimiento medido, transmite una carga emocional sorprendente. La precisión y la entrega con que encarnan a Brumaria y Germinal logran que el público olvide la artificiosidad de las muñecas para ver en ellas humanidad, vulnerabilidad y fuerza. El vestuario, diseñado con un cuidado impecable, no solo refuerza la caracterización, sino que también potencia la atmósfera poética de la obra.

La dirección de Lucas García vuelve a demostrar su madurez artística. Con una sensibilidad única, logra orquestar cada elemento teatral —actuaciones, espacio, iluminación, ritmo— en una sinfonía que conmueve y sacude al espectador. García entiende que el teatro no solo se mira: se siente, y Etiopía es una prueba contundente de ello.

Etiopía no se limita a narrar: invita a reflexionar. Nos enfrenta con preguntas necesarias sobre el pasado, nos obliga a repensar consignas y a valorar la importancia de la memoria como construcción colectiva. Es una obra que permanece mucho después de caer el telón, que abre diálogos y nos interpela como sociedad. Como bien señala Mazover, está dedicada a quienes murieron soñando con un futuro mejor, y en su representación vemos cómo ese futuro se enlaza con nuestro presente.

En definitiva, Etiopía es un testimonio teatral imprescindible, una pieza que honra la memoria y la resistencia desde el arte, y que confirma el talento de todo su equipo. Una obra que emociona, que duele y que, sobre todo, nos recuerda la belleza y la potencia del teatro cuando se convierte en memoria viva. ¡Felicitaciones a todo el elenco, a Lucas García y a quienes hicieron posible esta experiencia conmovedora!



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