viernes, 19 de diciembre de 2025

RESEÑA: "ES AHORA...la proximidad que nos revela"

 Por Nicko Stea



Improvisar en el teatro no es actuar sin red, sino construirla en el mismo momento en que se avanza. Como señala Viola Spolin, una de las grandes referentes del teatro de improvisación, el acto de improvisar implica una atención plena al presente, una escucha activa del otro y una disponibilidad total al juego. En esa práctica, el tiempo lineal se suspende y el acontecimiento escénico se vuelve irrepetible. Desde ese lugar conceptual y sensible se erige ES AHORA… La proximidad nos revela… Impro de cerca, la propuesta del grupo JOPARA Teatro, que apuesta a un teatro vivo, cercano y profundamente humano.

La experiencia comienza antes de cruzar la puerta de Galatea Teatro. Mientras el público espera ingresar, Adriana Villalba, directora de la obra junto a Franco Greve, ya establece un primer contacto con los espectadores. Pregunta, escucha, provoca relatos posibles, situaciones que luego podrán ser materia de improvisación. No se trata de una instancia decorativa ni de una simple antesala: el espectáculo ya está en marcha. La frontera entre la vida cotidiana y la escena se diluye, y el público, quizás sin advertirlo del todo, empieza a formar parte del dispositivo teatral.

Una vez dentro de la sala, la propuesta rompe definitivamente con cualquier expectativa tradicional. No hay una puesta frontal ni una disposición clásica del espacio. Por el contrario, el teatro se fragmenta en distintos sectores y el público es organizado en grupos, repartidos a lo largo y ancho de la sala. Esa cercanía, esa falta de distancia segura, genera al principio cierta incomodidad. Hay un desajuste inicial, una sensación de no saber bien dónde ubicarse ni qué rol ocupar. Sin embargo, esa incomodidad no es un error: es parte del juego. Es la antesala necesaria para abrir la percepción y habilitar otra forma de mirar y estar.

Las directivas claras de Adriana ordenan ese primer desconcierto y permiten comprender que el público no solo observa, sino que coexiste con la escena. La participación es posible, nunca obligatoria. Se puede intervenir, responder, jugar, o simplemente observar. Esa decisión personal es respetada y cuidada, lo cual habla de una propuesta consciente y ética, que entiende la improvisación como un acto de invitación y no de imposición.

Los actores —Rebeca Gauna, Seba Pérez, Juan Matías Gonzales Obregón, Lucas Ariel Borda, Elías Delturco y Tahiel Rot— aparecen inicialmente en una escena grupal que funciona como una suerte de umbral emocional. Hay algo de reencuentro y de despedida, de vínculos profundos que se intuyen cargados de historia compartida. La empatía y la camaradería entre ellos se perciben con claridad y se transmiten al público con naturalidad. Esa energía colectiva crea un clima de confianza indispensable para lo que vendrá después.

A partir de allí, cada improvisador se dirige a uno de los espacios asignados. En ese territorio íntimo, toma las fichas: emociones por un lado, historias por otro, muchas de ellas surgidas de los relatos recogidos antes de ingresar a la sala. Y entonces comienza el verdadero acto creativo. Sin red visible, sin texto previo, cada actor se lanza a improvisar con una destreza admirable, construyendo mundos efímeros que nacen y se disuelven ante la mirada cercana del público.

Al principio, es posible no conectar del todo. La cercanía extrema, la ausencia de una estructura narrativa tradicional y el carácter íntimo de las escenas pueden generar cierta distancia emocional. Pero con el paso de cada improvisador, algo empieza a aflojarse. Tanto el espectador como el grupo comienzan a soltarse, a confiar en el juego, a dejarse atravesar por lo que sucede. Y ahí es donde la experiencia cobra verdadera fuerza: cuando el fluir reemplaza a la expectativa.

La creatividad de cada intérprete es uno de los grandes pilares de la propuesta. Desde la economía de recursos hasta la enorme capacidad de sostener una escena nacida en el instante, cada actor demuestra una sensibilidad particular para invitar al público, permanecer el tiempo justo y luego retirarse, dejando resonancias distintas en cada grupo. Esa capacidad de estar y saber irse es un arte complejo que aquí se maneja con precisión y profundidad.

ES AHORA… no es solo una muestra de improvisación; es una experiencia que pone en valor el riesgo, la escucha y la presencia. Somos testigos de un arte que exige atención plena, generosidad y una gran responsabilidad escénica. No cualquiera puede guiar un grupo, no cualquiera puede sostener el aquí y ahora sin refugiarse en lo preestablecido. JOPARA Teatro, con su vasta trayectoria en la escena local, demuestra un dominio sólido del lenguaje improvisado y una coherencia estética que se traduce en propuestas sensibles, cuidadas y profundamente humanas.

Esta obra merece crecer, expandirse y ocupar un lugar privilegiado dentro de nuestra escena teatral. Porque nos recuerda que el teatro sucede en el encuentro, en la cercanía, en el instante compartido. Porque nos invita a ser parte sin obligarnos, a mirar sin distancia, a habitar el presente. Y porque, en definitiva, nos confirma que el ahora, cuando es genuino, puede revelarlo todo...



lunes, 8 de diciembre de 2025

TV60: Cuando la imagen enciende lo que el país intenta callar (Por Nicko Stea — Con reseña invitada de David Barrios)

 “Esta reseña parte de mi experiencia como actor involucrado en el proyecto. Más que mirar desde afuera, celebro la posibilidad de pensar la obra desde adentro, desde las preguntas que nos hizo hacernos como artistas y como equipo.”

TV60 es una obra de teatro argentina, escrita por Bernardo Cappa y dirigida por Florencia Castillo y Lucas García, estrenada recientemente en La Máscara Teatro (Resistencia, Chaco), que pone en diálogo dos tiempos históricos: los años 60 (esa madrugada donde algo se quiebra en la intimidad de un país) y nuestro presente saturado de pantallas, relatos superpuestos y verdades fragmentadas.

Lo que ocurre en escena no se limita a narrar un momento crítico de la Argentina; lo trae al cuerpo, al gesto y al silencio, explorando lo que el filósofo Hans-Thies Lehmann llamó “teatro de la presencia”: aquello que el actor expone sin escudo, donde el cuerpo es discurso y no solo vehículo del texto.

Un proceso colectivo que se volvió lenguaje

Destacar el trabajo del elenco no es cortesía: es fidelidad a lo vivido.
Durante los meses de ensayo, las inquietudes, los riesgos, la incomodidad y el desafío se volvieron motor y sentido. La obra nos exigió pensar la historia desde el cuerpo, y como sugiere el maestro Eugenio Barba, “el actor no representa la vida: la reinventa con su tensión”. Reinventar, tensionar, incomodar: eso fue parte del camino que propusieron Lucas y Flor, quienes apostaron a una dirección que acompaña, escucha y provoca sin perder de vista el pulso sensible del elenco.

Y hablando del elenco: joven, diverso, potente, a la altura (y muchas veces por encima) de lo que solemos admirar en los nombres históricos.

Este grupo supo darle color, humor, oscuridad y contradicción a una dramaturgia que nos desafió y nos hizo disfrutar. La energía nueva no reemplaza la tradición: la empuja, la discute, la expande.

Una dramaturgia que incomoda con belleza

Cappa escribe desde un lugar donde ficción y tragedia se rozan sin pedir permiso.
Lo banal se vuelve rito; lo cotidiano, una grieta por la que entra el ruido del país. Hay humor negro, sí, pero también hay crítica: se cuestiona el relato mediado, el discurso filtrado, la verdad editada. Y quizás por eso nos conecta tanto con el ahora: porque seguimos siendo espectadores de un país que se cuenta a sí mismo a través de imágenes.

Reseña por David Barrios. 

(mi primer reseña compartida, porque habiendo actuado en esta obra, creo que era necesario sumar otras miradas para un hecho teatral que invita a pensar)

TV60: Cuando la imagen enciende lo que el país intenta callar.

En el estreno de TV60, viví una experiencia teatral que invita a mirar hacia atrás para comprender algo muy actual: el poder de la imagen y de los discursos que moldean lo que creemos real. La obra, escrita por Bernardo Cappa y dirigida por Florencia Castillo y Lucas García, nos sitúa en una madrugada de los años sesenta en la que un televisor encendido se vuelve faro, ruido de fondo y, a la vez, agujero por donde se filtra todo lo que el país intenta callar.

La atmósfera inicial es inquietante: un canal, un hombre común y un país que tiembla. Desde allí, la obra despliega un delicado juego entre lo banal y lo ritual, entre lo que se ve y lo que se oculta, generando un clima donde lo cotidiano se vuelve extraño y revelador.

El numeroso elenco —Silvia Ruggero, Fernando Gómez Bais, Camila Acuña, Maylen Fernández, Ana Trangoni, Luz Gota, Dorian Laboletta, Nicko Stea, Macarena Vargas, Analía Capello, Valentina González, Gonzalo Ríos y Lourdes Pedroso— funciona como una maquinaria precisa, sostenida en actuaciones que aportan matices, silencios expresivos y una fisicalidad muy bien trabajada.

Y entre esas presencias, hubo una escena que me atravesó especialmente: la primera aparición de Horacio, el productor interpretado por Nicko Stea. Su irrupción en escena, cargada de enojo, tensión y una honestidad visceral, me provocó un estremecimiento real. Su manera de expresar la bronca generó un silencio palpable en la sala. Ese momento condensó algo del espíritu de la obra: la violencia sutil de los medios, la presión interna, el caos que late detrás de una pantalla que pretende ordenarlo todo. Sentí miedo, y sobre todo admiración, al ver la potencia con la que habitó ese personaje.

La dirección sostiene con inteligencia esa dualidad entre lo visible y lo oculto. Hay un cuidado en cada desplazamiento, en cada mirada y en cada gesto; una coreografía silenciosa que guía al espectador hacia zonas de inquietud sin necesidad de explicarlas.

TV60 deja preguntas abiertas:
¿Qué verdades quedan fuera de cuadro?
¿Qué poder tiene lo que vemos… y qué poder tiene lo que se decide no mostrar?

Recomiendo esta obra a quienes disfrutan del teatro que piensa, que incomoda sin perder belleza, y que encuentra en la mezcla de caos y silencio una forma profunda de narrar lo que somos y lo que fuimos.

David Barrios (Profesor de Lengua - Escritor)



8 DE DICIEMBRE — DÍA DEL TEATRO CHAQUEÑO

Ensayo: Territorialidad, identidad y pulsos de escena — Un teatro que resiste, se transforma y avanza

Hablar del teatro chaqueño implica hablar de persistencia. De voces que se afirmaron en la intemperie cultural, lejos de los centros legitimadores, pero cerca, muy cerca,de la gente. Como lo señala MIRNA CAPETINICH en sus estudios históricos sobre nuestro sistema teatral, en el Chaco la escena no surgió como un fenómeno súbito ni desde grandes instituciones, sino que fue haciéndose cuerpos, acentos y relatos a lo largo del siglo XX: primero con aficionados e iniciativas comunitarias, luego con circuitos independientes que dialogaban,y discutían, con las estéticas porteñas, hasta consolidar un campo propio con identidad en construcción permanente.

Ese origen habla de algo que todavía hoy nos define: la autogestión como manera de existir. Nuestra escena nació de colectividades inmigrantes, de micromundos barriales, de escuelas rurales, sociedades de fomento y clubes. Allí se ensayaba, se escribía, se tejían telones a mano y se iluminaba con lo disponible. El teatro chaqueño nunca tuvo la comodidad del teatro “garantizado”, sino la convicción del teatro necesario.

Y todavía hoy persiste esa convicción.

Porque si algo distingue al teatro chaqueño es que cada obra estrenada es un acto de resistencia cultural, y cada espectador que cruza la puerta de una sala independiente reafirma un pacto: acuerda ser parte del otro, dejarse afectar, dejarse decir.


Independientes: cuando hacer teatro es también hacer territorio

Hablar del teatro independiente en el Chaco es reconocer a quienes abrieron huella cuando la palabra “independiente” no estaba ligada a un circuito o una etiqueta, sino a la necesidad de crear pese a todo.

Allí están los históricos que sostuvieron escena con cuerpo y convicción:
Los del Callejón, Fulanxs, Colectivo 18, Sala 88 —con sus múltiples grupos de adultos, jóvenes y teatro musical—, Fundación Acuífero Guaraní, Galatea, entre otros que siguen siendo semilla y raíz.

Nombrarlos es entender que nuestra historia se hace en plural.
Porque este teatro no responde a un nombre propio, sino a un nosotros.

Y hoy, esa huella convive con los grupos jóvenes que traen una renovación estética, política y conceptual: Grupo Borde, Grupo Folio, Desplazados, Damos Sala, Dramones, Jopara , Conexiones para la creación y una camada que no espera invitación, porque entendió que la escena se toma, se ocupa y se habita.

Este cruce generacional es signo de madurez cultural: no la repetición de un molde, sino el intersticio donde tradición y ruptura se encuentran.

Presencia: el teatro en las salas, en las calles, en las escuelas

Si antes el teatro buscaba un edificio, hoy busca un vínculo.

Las obras suceden en salas históricas, en espacios recuperados, en patios y terrazas convertidas en plateas improvisadas, en escuelas donde un salón de actos se vuelve escenario sin telón. El teatro chaqueño se expandió hacia plataformas digitales, redes, intervenciones urbanas y experiencias pedagógicas que entienden que enseñar teatro no es formar actores solamente: es formar pensamiento crítico, sensibilidad y comunidad.

La escena local ha encontrado nuevos modos de narrarse: desde lo documental a lo poético, del teatro de texto al físico, del humor popular al biodrama. Con todo eso y con contradicciones, como corresponde, construimos identidad.

Porque el teatro es eso: identidad hecha acción.

Afectos y memoria. Los nombres que no se borran

En este día que celebra historia, estructura y lucha cultural, no puedo evitar hablar desde lo personal. En mi recorrido como artista, dos personas marcaron un antes y un después:

Hugo Blotta y Marilyn Toribio.

Me enseñaron que el teatro es un oficio, un lenguaje y una casa. Que el rigor y el amor no se contradicen, se complementan. Que en el ensayo no solo se prueba una escena: se prueba una ética.
A los dos, gracias. Al cielo, va mi abrazo.

Decir sus nombres es renovar presencia. Y el teatro es, entre otras cosas, un modo de mantener presentes a quienes nos transformaron.



Un teatro que avanza

Nuestro teatro evolucionó, resiste y avanza. Avanza porque cada grupo se sabe parte de un ecosistema y no de una competencia. Avanza porque cuando se estrena una obra, se estrena el trabajo de muchos. Avanza porque en tiempos de velocidad, elegir el encuentro en vivo sigue siendo un acto contracultural.

Y avanza porque lo mejor que tenemos, lo más lindo que tenemos, es que el teatro chaqueño se hace mirándose a los ojos.

No somos espectadores pasivos de una historia que sucedió. Somos herederos y autores simultáneos de una historia que continúa cada vez que alguien pregunta:
¿cuándo ensayamos?


Celebrar este día es entender que el teatro no solo se ve: se vive

En las butacas, en los escenarios, en los pasillos del detrás de escena, en la sala llena, en la sala pequeña, en la primera función, en la última, en la que salió impecable y en la que salió torpe pero honesta.

Porque el teatro chaqueño es eso: un ensayo perpetuo para imaginar quiénes somos, quiénes fuimos y quiénes queremos ser.

Feliz Día del Teatro Chaqueño.
Que nunca falte luz, ni una voz que diga:
“Señores, señoras… comienza la función.”






Reseña: MUCHACHÁCHARA (Jopara Teatro) Por Nicko Stea

Hay algo interesante en seguir de cerca los procesos de un grupo. Ya había tenido la oportunidad de ver una de las tantas propuestas de JOPA...