lunes, 6 de octubre de 2025

Las Hectáreas de Adelaida: Teatro que florece desde el interior.

 Por Nicko Stea.



Hay funciones que uno no olvida. No por la espectacularidad ni por los recursos escénicos, sino por algo más íntimo, más verdadero: por la emoción que despiertan. Las Hectáreas de Adelaida del grupo DESPLAZADOS pertenece a ese tipo de teatro que nace de la raíz, del trabajo colectivo, del amor por contar historias que nos representan.

Tuve la oportunidad de verla en el 46º Encuentro Provincial de Teatro, y aún me cuesta poner en palabras lo que generó en la sala. No solo fue una comedia entretenida —que lo es, y mucho—, sino también una bocanada de identidad, una celebración de lo que somos los del interior, con nuestras familias numerosas, nuestros enredos, nuestras risas y nuestras costumbres que, aunque el tiempo avance, se niegan a desaparecer.

La obra parte de una premisa sencilla: Adelaida, una anciana que padece extraños síntomas, mantiene en vilo a su familia. Pero el verdadero terremoto se desata cuando corre el rumor de que existen unas supuestas “hectáreas de Adelaida”, unas tierras que podrían cambiar la suerte de todos. Desde allí, todo se vuelve un torbellino de discusiones, sospechas, malentendidos y humor.


El texto, escrito con un oído atento al habla popular, retrata con ternura y picardía a esa familia disfuncional pero entrañable. Cada personaje está construido con un gran realismo, son figuras que uno reconoce enseguida, porque los hemos visto, porque los conocemos.

Esa capacidad de reflejar lo cotidiano, de poner en escena la esencia del pueblo, es uno de los grandes aciertos de la obra. No hay artificio ni pretensión: hay verdad. Y esa verdad se siente.

La puesta en escena es tan acertada como efectiva. No busca deslumbrar, sino representar con honestidad una casa de pueblo: el juego de comedor modesto, las telas colgadas, la tele vieja, la silleta cubierta de mantas. Todo está ahí, dispuesto con un cuidado que no pretende reconstruir un pasado, sino mantenerlo vivo.

Hay algo profundamente emotivo en ese escenario: es el retrato de una vida que muchos reconocemos. Esas familias que viven al ritmo de los vecinos, del mate compartido y del chisme que circula por la vereda. Esa sensación de comunidad que en las grandes ciudades parece desvanecerse, pero que en los pueblos todavía late con fuerza.

Y esa conexión con lo cotidiano es lo que hace que Las Hectáreas de Adelaida nos resulte tan cercana. Porque no solo nos reímos de los personajes; también nos reímos de nosotros mismos.

El elenco de Villa Ángela, dirigido por Darío Coria, logró un trabajo lleno de entrega y autenticidad. Se nota el compromiso de cada integrante, el tiempo dedicado a construir personajes que no caen en la caricatura, sino que se sienten vivos, reales.

Lo que más me conmovió fue ver la alegría y el orgullo con que este grupo subió al escenario. Al finalizar la función, el propio Coria compartió con el público que no fue fácil llegar hasta Resistencia: los viajes, los costos, las distancias, el esfuerzo. Pero ahí estaban, de pie, con la emoción a flor de piel y los ojos brillantes de quienes saben que lo han logrado.

Esa imagen me quedó grabada. Porque en cada aplauso se reconocía algo más que una buena función: se reconocía la lucha y la pasión de los artistas del interior, esos que muchas veces trabajan sin grandes recursos, pero con un amor inmenso por el teatro.

La obra se presenta como una comedia, y sin duda lo es. Hay momentos de un humor desopilante, de esos que contagian la risa colectiva en la sala. Pero también hay una mirada reflexiva, un subtexto que habla de la familia, del paso del tiempo, de los vínculos que nos atan y de cómo, a veces, el dinero o la herencia revelan lo más profundo (y lo más frágil) del ser humano.

Por momentos, recuerda a Esperando la carroza por su estructura coral, por ese caos tan humano en torno a una figura matriarcal. Pero Las Hectáreas de Adelaida tiene su propio pulso, su propia identidad: es una obra bien nuestra, con aroma a tierra y a verdad.

Más allá del argumento, Las Hectáreas de Adelaida deja una enseñanza enorme: el teatro del interior está vivo. Se sostiene con esfuerzo, con vocación, con la entrega silenciosa de artistas que no bajan los brazos, que viajan kilómetros con sus escenografías a cuestas, que ensayan en salas improvisadas, que lo hacen por amor al arte y por amor a su gente.

Como espectador, y también como alguien que viene del interior, me sentí profundamente identificado. Verlos en escena fue como verme a mí mismo, a mi gente, a mis raíces. Por eso, más allá de la risa, me fui con una emoción difícil de explicar.

Las Hectáreas de Adelaida no es solo una obra de teatro. Es un homenaje a nuestras familias, a nuestros pueblos, a nuestras costumbres. Es la prueba de que el humor puede ser también un acto de memoria y de resistencia.

Gracias al grupo de Villa Ángela por recordarnos que el teatro no necesita grandes luces para brillar. Que alcanza con la verdad, con el corazón y con esa magia que solo quienes aman lo que hacen pueden transmitir.

Ojalá sigamos conociendo más elencos del interior, porque en cada uno de ellos late una parte esencial del teatro argentino: la que se hace con las manos, con el alma y con la tierra.






El Hambre – Una mirada sobre los límites del deseo, la verdad y la supervivencia

Por Nicko Stea


En el marco del 46° Encuentro Provincial de Teatro, en la ciudad de Resistencia (Chaco) tuve la oportunidad de asistir a la obra El Hambre, producción del grupo Conmuta Teatro, con dramaturgia y dirección de Natalia Scarpin. Lejos de ofrecer una experiencia teatral convencional, la obra propone un viaje sensorial, psicológico y simbólico que mantiene al espectador en vilo desde el primer momento.

Desde que se encienden las primeras luces, El Hambre atrapa. Hay algo en el ritmo, en la cadencia de las palabras, en la presencia de los cuerpos que instala una tensión casi palpable. Esa sensación de inquietud, de peligro latente, recuerda al suspenso clásico cinematográfico —particularmente al de Alfred Hitchcock—, aunque aquí la tensión se construye a partir de la teatralidad: el espacio, la proximidad, la respiración compartida entre actores y público.

Scarpin maneja con maestría los tiempos dramáticos. No hay un segundo de más ni un silencio que no comunique. La acción avanza fragmentada, desordenada, como si la historia se resistiera a contarse de forma lineal. Y ese recurso —lejos de confundir— multiplica el interés. El espectador debe reconstruir la trama, completar los huecos, leer entre líneas.

El argumento parece sencillo: Silvia y César, dos hermanos, reciben la inesperada irrupción de Carmen en sus vidas. Sin embargo, nada es tan simple como parece. La llegada de ese tercer personaje altera un delicado equilibrio, expone heridas antiguas y revela deseos reprimidos. A medida que la trama avanza, lo que en un principio parecía una historia íntima se transforma en una experiencia inquietante, donde lo cotidiano se vuelve extraño y lo familiar, amenazante.

La obra interroga los límites del amor y del sacrificio. “A veces hay que hacer sacrificios por amor”, dice el texto, pero El Hambre se encarga de recordarnos que algunos sacrificios son tan profundos que terminan devorando a quien los realiza.

El diseño escenográfico y lumínico de la obra merece una mención aparte... Se crean atmósferas cambiantes, que acompañan y potencian el relato. La luz se convierte en un elemento narrativo más: ilumina lo que se quiere mostrar, pero también sugiere lo que se intenta ocultar.

El vestuario aporta otra capa de sentido. Lejos de ser un mero complemento, funciona como extensión de la psicología de los personajes. Los tonos, las texturas y los detalles contribuyen a construir un universo que oscila entre lo real y lo simbólico.

En cuanto a las actuaciones, el elenco compuesto por Laura Fernández Leyes, Paula Britez y Nicolás Mariano Rodríguez sostiene con gran solvencia el pulso de la obra. Cada uno logra una composición precisa, donde la verdad escénica surge del cuerpo, de la mirada y del gesto, más que del mero texto. La química entre ellos es tangible, y la dirección de actores acierta en lograr un equilibrio entre lo contenido y lo explosivo, entre lo íntimo y lo perturbador.

El texto de Scarpin se sostiene en una dramaturgia limpia, honesta y profundamente contemporánea. El Hambre no habla del hambre biológico, sino de un hambre existencial: la necesidad de llenar los vacíos con algo, aunque ese algo sea destructivo. Hambre de amor, de poder, de atención, de verdad.

Esa metáfora atraviesa toda la obra y se expande incluso más allá del escenario. Como espectadores, también sentimos hambre: de respuestas, de sentido, de certezas. Y cuando el telón cae, esa sensación persiste. El final —contundente pero abierto— nos deja una inquietud que no se disuelve fácilmente.

El Hambre es una pieza de teatro contemporáneo que no teme incomodar, que elige explorar las grietas de lo humano con una estética depurada y una narrativa envolvente. Es una propuesta que confirma el talento de Natalia Scarpin como creadora y directora, junto a Nicolas Fernández,  y la madurez artística de un elenco que se entrega con valentía a un material exigente.

Al salir de la sala, uno no puede evitar reflexionar sobre el título. Porque sí, El Hambre no es solo una condición física: es el motor que nos mueve, la falta que nos empuja, el vacío que intentamos llenar —a veces con amor, a veces con mentira—.

Y quizás, lo más poderoso de esta obra sea justamente eso: que nos deja con hambre de más.


Ficha técnica:

  • Dramaturgia y dirección: Natalia Scarpin
  • Actúan: Laura Fernández Leyes, Paula Britez, Nicolás Mariano Rodríguez
  • Asistencia de dirección: Nicolás Emmanuel Fernández
  • Iluminación: Kamikaze Aquino
  • Vestuario: Alejandra Escobar


Reseña: MUCHACHÁCHARA (Jopara Teatro) Por Nicko Stea

Hay algo interesante en seguir de cerca los procesos de un grupo. Ya había tenido la oportunidad de ver una de las tantas propuestas de JOPA...