domingo, 31 de agosto de 2025

Metamorfosis y Siniestro Erótico en RECREAR – Una noche, dos latidos del mismo teatro

 En RECREAR, ese refugio íntimo donde el teatro respira a centímetros del espectador, viví dos latidos distintos de una misma noche, dos pulsos escénicos que se entrelazaron para recordarme que el teatro, cuando se acerca tanto, no solo se mira: se habita, se siente en la piel.

El primero fue Metamorfosis, de y con Agustín Patiño, bajo la dirección de Rosa Melgarejo. Una persona se enfrenta con una nueva escena del crimen, con una historia negada, con una muerte más que se suma a tantas, y con un pasado que vuelve cargado de dolor. La pregunta atraviesa todo: ¿qué pasaría si tenés que esconder lo que sentís para que no te maten? Entonces estallan las palabras, primero como susurro y después como grito; palabras que se vomitan, que se desgarran, que se suicidan en la desesperación de no poder nombrar lo que duele.

Sobre el escenario, un maletín, unos guantes, objetos aparentemente corrientes pero que en las manos de Patiño arden de significado. Cada gesto abre memorias: la tierra de Formosa, el sabor amargo de un pomelo con gusanos, la nevada insólita de 2007, la fascinación por el primer muñeco de nieve. Son recuerdos que se cargan de una ternura inicial para teñirse, de pronto, con el dolor de ser distinto, con el rechazo, con la culpa que nunca debió ser. Su voz y su cuerpo nos quiebran, nos atraviesan, y cuando termina, lo único que queda es la necesidad de abrazarlo. No quiero decir más: cuando vuelva a escena, hay que vivirlo sin spoilers, con el corazón abierto para sentirlo en carne propia.

La segunda obra, Siniestro Erótico, escrita por Carina Noemberg, dirigida por Lucas García e interpretada por Florencia Castillo, irrumpe con otra temperatura, con otra cadencia. Aquí, una mujer harta de su rutina laboral decide emprender un nuevo camino, pero se enfrenta con una demanda judicial por un suceso inédito que coloca en el centro del debate la moral, el rol de la mujer y la sexualidad en nuestros días. Todo comienza con una mujer de negocios que dialoga con su médico, pero poco a poco las palabras se deslizan hacia un erotismo vibrante, cotidiano, tan presente en la vida como el café de la mañana, aunque aún incomode a muchos.

Florencia Castillo se apropia del escenario con humor filoso y delicioso, y transita con naturalidad de la docente agotada por la burocracia a la mujer encendida que se permite el deseo. Cada transformación es un desafío al público, una invita
ción a derribar prejuicios, hasta llegar a un final que es una bofetada de lucidez: la reinvención femenina solo es posible arrancando de raíz las ataduras morales que limitan la libertad del cuerpo y del deseo.

Una obra me hizo llorar, la otra me arrancó carcajadas, y juntas me recordaron que el teatro es ese viaje único en el que, si uno se deja llevar, sale transformado. En RECREAR, lo íntimo se vuelve universal y lo cercano se convierte en revelación: dos latidos distintos, pero un mismo corazón palpitando en escena.





Lo negro del roce en el cuerpo que habito – Cuerpos que existen, resisten y se hacen manifiesto

Lo negro del roce en el cuerpo que habito no es simplemente una performance breve: es un latido colectivo, un pulso que se enciende en el contacto, que roza, que arde, que resiste y que se afirma en la escena. Es el resultado de un laboratorio de performance donde la creación se convierte en cuerpo y el cuerpo, a su vez, se transforma en manifiesto.En el escenario aparecen Rebeca e Ivana, dos intérpretes que se exponen sin concesiones, que habitan sus propios territorios corporales y nos invitan a entrar en ellos con honestidad brutal. Desde una propuesta arriesgada y profundamente sentida, nos sumergen en la experiencia de sus cuerpos reales: cuerpos que emanan arte, que comunican con cada gesto, que existen y que se hacen presentes en un mundo que demasiadas veces juzga antes de escuchar.

El discurso que proponen no se formula necesariamente en palabras, sino en presencias. Hablan desde la gordura, el deseo, la memoria y el insulto; desde las marcas que cargan, desde las cicatrices que la sociedad imprime en los cuerpos que no encajan en sus moldes. Nos interpelan en los miedos que alguna vez callamos, en los rincones donde no hubo espacio para visibilizar ni fuerzas para defendernos. Cada movimiento, cada mirada, cada grito es un acto de resistencia, una declaración de existencia.

La música en vivo de Walo Falcón no acompaña como fondo: irrumpe, incendia, sacude. Se convierte en fuerza vital, en motor sonoro que amplifica lo que sucede en escena y lo que se enciende en cada espectador. Es vibración, es herida, es grito.

En medio de la función, alguien comentó: “Quieren romantizar el sobrepeso…”. Y aquí es donde la obra marca la diferencia. No se trata de romantizar —porque romantizar suaviza, endulza, atenúa—, sino de visibilizar. Visibilizar es encender la luz donde antes había silencio, es transformar lo que ha sido negado en discurso, en arte, en acto de resistencia. En esta performance, la luz es palabra y cuerpo, es acción política, es transformación.

Lo negro del roce en el cuerpo que habito no se queda en el impacto de una única función. Las propias intérpretes afirman que seguirá, que mutará, que se transformará en nuevas formas de habitar la escena. Y ojalá así sea. Porque necesitamos más de estos momentos en los que el teatro presta su espacio para que los cuerpos reales, deseantes, vivos y no normativos muestren la potencia de su poética. Momentos para recordar que la belleza del arte está en su capacidad de incomodar, de conmover y de abrir preguntas que antes parecían imposibles.

Esta performance es un gesto valiente, un acto de visibilidad y de amor propio convertido en poesía escénica. Una invitación a sentir, a pensar y a dejar que nuestros propios cuerpos también hablen.




Saverio ¿Él Cruel? – Una farsa que desnuda la crueldad del poder

 Saverio ¿Él Cruel?, del Grupo BORDE, nos propone una adaptación tan filosa como incómodamente actual del clásico de Roberto Arlt. La casa de una juventud adinerada se convierte en el terreno de juego perfecto para una farsa despiadada, donde la víctima —Saverio, un humilde vendedor de purificadores de agua— es arrastrada sin saberlo a ser el protagonista involuntario de una ficción cruel. Lucas García, con inteligencia y atrevimiento, pone en duda desde el mismo título lo que antes parecía una certeza: ¿es Saverio realmente cruel o lo es, en realidad, el sistema que lo somete a este experimento? Desde esa pregunta inicial se abre el camino hacia una obra que no teme meterse en los territorios más incómodos: la crueldad transformada en espectáculo, el poder entendido como capricho, la locura utilizada como disfraz.

Susana lidera el juego perverso, fingiendo padecer una enfermedad mental que solo podría “curarse” si Saverio acepta transformarse en el temido Coronel. A partir de ese momento, el límite entre lo actuado y lo real se desdibuja con inquietante fuerza, dejando al espectador en un estado de alerta constante. El mecanismo teatral se convierte en un espejo distorsionado, donde lo lúdico se vuelve violento y donde la ficción revela una verdad mucho más oscura sobre la naturaleza del poder y la manipulación.

El elenco conformado por Tomás Morales Michelini, Jonatan González, Quimey Castillo Oviedo y Katia Bradford ofrece un trabajo sólido, preciso y visceral. La tensión, el humor ácido y la incomodidad atraviesan la sala en cada escena, sosteniendo la obra con interpretaciones que nunca se permiten el artificio. La potencia de sus actuaciones nos recuerda que la locura, lejos de ser solamente un síntoma clínico, puede convertirse en una construcción social cargada de prejuicios, exclusiones y violencias invisibles. Esa incomodidad que late en la obra es la que le otorga su vigencia y la convierte en una experiencia teatral inquietante y necesaria.

La puesta en escena es honesta, intensa, sin adornos superfluos, y respeta profundamente el espíritu del original de Arlt, pero al mismo tiempo lo reinterpreta y lo problematiza desde una mirada contemporánea. La dirección de Lucas García se arriesga a incomodar, y lo hace con lucidez, explorando cómo la crueldad puede convertirse en un juego de poder tan vigente hoy como en los tiempos de Arlt.

Al final, resuena una frase que se queda clavada en la memoria: “La farsa es para nosotros, para los demás no”. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿y si la farsa es, en verdad, la vida misma? Esa duda, planteada con crudeza y belleza a la vez, es el mayor mérito de esta obra que trasciende su tiempo y nos interpela directamente como sociedad.

Una producción del Grupo BORDE, con dirección y adaptación de Lucas García sobre el texto de Roberto Arlt, y con las actuaciones de Quimey Castillo Oviedo, Jonatan González, Katia Bradford y Tomás Morales Michelini. Una propuesta valiente, actual y profundamente perturbadora que confirma, una vez más, el enorme talento de este grupo y la vigencia inagotable de nuestro teatro.





Lara Espera... O todo el mundo jode todo el tiempo

 Lara Espera... O todo el mundo jode todo el tiempo no es una obra de teatro convencional. Desde el primer instante, la puesta en escena sorprende con un recurso audaz y contemporáneo: la integración de la Inteligencia Artificial como elemento escénico. Lejos de ser un mero artificio tecnológico, esta decisión se convierte en el motor narrativo de la historia, explorando el delicado y complejo límite entre lo virtual y lo tangible. La protagonista, Lara, aparece atrapada entre dos mundos. La realidad virtual —encarnada en una amiga imaginaria o digital— se manifiesta con gritos, frases repetidas y un discurso seductor: “lo irreal duele menos”. Esa voz persuasiva busca convencerla de escapar hacia un espacio donde la angustia parece atenuarse. Sin embargo, cuando Lara rompe con esta presencia artificial, se enfrenta a la crudeza de su propia realidad: un hermano que emerge de sus propios fantasmas mentales, una madre ausente y un mundo que la desborda y la lastima. La tensión entre escapar hacia la ilusión o permanecer en el doloroso presente se vuelve el eje dramático de la obra, generando una experiencia intensa y profundamente conmovedora.

Uno de los elementos más intrigantes de la puesta es el recurrente uso del color rojo en los objetos de Lara: sus zapatillas, su bolso. Este detalle visual, aparentemente sencillo, abre múltiples interpretaciones. ¿Se trata de un código oculto? ¿Una representación de la pasión, del peligro, de la rebeldía, o de la misma virtualidad que amenaza con devorar lo real? La ambigüedad se mantiene hasta el final, invitando al espectador a reflexionar y, quizás, a volver a ver la obra para intentar descifrar su enigma. El cierre de la pieza es desconcertante, abierto, incluso inquietante. No ofrece respuestas claras, sino que multiplica las preguntas: ¿qué es real y qué no lo es? ¿Qué valor tiene la verdad en un mundo atravesado por lo virtual? Ese final deliberadamente ambiguo se convierte en una provocación al público, que sale con la sensación de haber asistido no solo a una obra de teatro, sino a una conversación urgente sobre nuestra propia época. La música de los Beatles, cargada de nostalgia y ternura, contrasta maravillosamente con la temática moderna y tecnológica. Ese contrapunto agrega humanidad, una suerte de ancla emocional que equilibra la frialdad de lo virtual con la calidez de lo que todavía nos conecta como seres humanos.

La dirección logra una atmósfera absorbente, densa y vibrante, en la que cada elemento visual y sonoro contribuye a la construcción del relato. Las actuaciones de Paloma Serradori Schwaderer, Ingrid Holzweissig y Guillermo “Waly” Zambon son convincentes y profundamente comprometidas, sosteniendo la intensidad emocional de la obra y dando vida a personajes atravesados por la contradicción, el dolor y la necesidad de aferrarse a algo real. El mérito mayor es que la integración de la IA nunca se percibe como un simple truco escenográfico. Por el contrario, se convierte en un elemento narrativo central, que dialoga con los personajes y con el público, explorando las posibilidades expresivas de la tecnología sin perder la esencia del teatro como arte vivo. La paradoja es evidente: se utiliza la inteligencia artificial para demostrar, justamente, lo que jamás podrá reemplazar: la creatividad humana, la sensibilidad, la capacidad de escribir, dirigir e interpretar con verdad.

La frase que atraviesa la obra —“Digan la verdad mientras puedan”— resuena con fuerza y permanece mucho después de que se apagan las luces. Es una invitación a cuestionar nuestra relación con la verdad, la autenticidad y la memoria en un mundo cada vez más mediado por lo virtual. En definitiva, Lara Espera... O todo el mundo jode todo el tiempo es una propuesta audaz, innovadora y profundamente reflexiva, que combina lo mejor del teatro experimental con una sensibilidad poética que toca fibras íntimas. Una obra que conmueve, que provoca, que abre debate y que se queda latiendo en la mente y el corazón del espectador. Altamente recomendada para quienes buscan una experiencia única, contemporánea e inolvidable.





“La Audición”: Diez años de Rosca, diez años de revolución teatral

El grupo Rosca, bajo la dirección del talentoso y provocador Ricar Mosca, celebra una década de existencia con una obra que no solo marca un hito en su recorrido, sino que también sacude y redefine los límites del teatro local: La Audición.


En estos diez años, Ricar ha logrado construir algo que pocos consiguen: una identidad propia, inconfundible, reconocible al instante. Su teatro está atravesado por la búsqueda de la verdad actoral, despojada de ornamentos, donde lo visceral y lo humano se imponen sobre cualquier artificio. Esa apuesta se respira en cada minuto de La Audición, donde el espectador no asiste a una mera representación, sino que se convierte en cómplice y testigo de una experiencia intensa, casi física.
Cuatro actores excepcionales sostienen la obra con un compromiso absoluto. Sus cuerpos son tan elocuentes como sus voces; cada movimiento, cada pausa, cada respiración transmite el peso de los sueños, el dolor de los fracasos y la euforia de seguir intentando. El público percibe esa entrega total, esa valentía de exponerse sin red, y se deja arrastrar por un vaivén de emociones que van desde la risa liberadora hasta la incomodidad más punzante.


La calidad interpretativa es altísima: no hay personajes rígidos, sino seres humanos de carne y hueso que nos interpelan con su crudeza. Esa intensidad, esa energía a flor de piel, es la marca registrada de Rosca, y en La Audición alcanza una de sus cumbres más poderosas.
La trama se sumerge en la cruda realidad del oficio actoral: las esperanzas, las presiones, las provocaciones y las leyendas que circulan en los pasillos del teatro. A través de la historia de una actriz, la obra abre un portal a los entretelones del escenario, mostrando tanto la fragilidad como la resiliencia que habitan en quienes dedican su vida a este arte.
El público se mantiene en vilo, atrapado por la tensión de no saber qué ocurrirá a continuación. Hay momentos de humor corrosivo que alivian la carga, instantes de ternura que conmueven, y situaciones que incomodan por lo verosímiles, por lo cercanas. Esa montaña rusa emocional convierte la experiencia en algo impredecible y profundamente humano.


Uno de los aspectos más brillantes de La Audición es la inclusión de referencias sutiles, guiños que los conocedores del teatro chaqueño sabrán identificar. Son pequeños homenajes que celebran a la comunidad teatral local, que reconocen sus luchas, sus mitos, sus contradicciones y su vitalidad. Este gesto, lejos de ser un detalle menor, refuerza la audacia del grupo Rosca, que no teme reírse de sí mismo y de su entorno, mientras lo eleva con respeto y afecto.
Las decisiones escénicas e interpretativas son magistrales: el ritmo, el uso del espacio, la tensión constante que nunca decae. El público sale conmovido, sorprendido, con la piel erizada. No es posible anticipar lo que sucederá en escena, y esa incertidumbre convierte la función en un acto irrepetible.
No daré demasiados detalles —porque esta es una obra que debe vivirse en carne propia—, pero basta decir que La Audición provoca un abanico completo de emociones: reír, llorar, temblar, excitarse, enojarse, recordar, anhelar, dudar y, sobre todo, esperar.
La Audición no es solo una celebración de los diez años de Rosca, es la confirmación de un camino de valentía, de experimentación y de fidelidad a un estilo que desafía lo establecido. Es, también, una promesa: la certeza de que lo mejor aún está por venir.
Felicitaciones al Grupo Rosca por esta década de innovación, por atreverse a incomodar y emocionar, por regalarnos una experiencia teatral que trasciende el escenario. La Audición es más que una obra: es un acto de resistencia, de amor al teatro y de revolución artística. ¡No se la pierdan!




Reseña de "ETIOPÍA"

La obra “Etiopía”, fruto de la colaboración entre el grupo BORDE y Vagabundos, bajo la dirección sensible y precisa de Lucas García, es un viaje conmovedor hacia la memoria, la identidad y la esperanza. Inspirada en el texto de Mariana Mazover, la pieza nos presenta a Brumaria y Germinal, dos muñecas que esperan el regreso de Herminia, hija de militantes desaparecidos. Desde esa premisa, lo que podría parecer un relato íntimo se transforma en una metáfora poderosa que trasciende lo personal para convertirse en un espejo de la historia de un país entero.

Mazover, en sus propias palabras, concibe la obra como una necesidad de dar voz a quienes ya no están, de rescatar del silencio a los desaparecidos y transformarlos en memoria viva. Etiopía es, entonces, un homenaje profundamente humano y político: un tributo a quienes lucharon por un futuro mejor, a quienes soñaron con un país más justo, un futuro que, como recuerda la autora, incluye también a su propia generación.

La puesta en escena es de una brillantez conmovedora. La tensión dramática se percibe desde los primeros instantes, y la estructura teatral —dos personajes en espera, suspendidos en un tiempo indefinido— se explota con maestría. El humor, sutil y necesario, aparece como respiro, mientras la ternura se entrelaza con el dolor, creando una experiencia compleja, rica en matices, que conmueve sin caer en solemnidades.

El trabajo corporal de Camila Banque y Ludmila Ferrigno merece un reconocimiento especial. Su transformación en muñecas es hipnótica: cada gesto, cada movimiento medido, transmite una carga emocional sorprendente. La precisión y la entrega con que encarnan a Brumaria y Germinal logran que el público olvide la artificiosidad de las muñecas para ver en ellas humanidad, vulnerabilidad y fuerza. El vestuario, diseñado con un cuidado impecable, no solo refuerza la caracterización, sino que también potencia la atmósfera poética de la obra.

La dirección de Lucas García vuelve a demostrar su madurez artística. Con una sensibilidad única, logra orquestar cada elemento teatral —actuaciones, espacio, iluminación, ritmo— en una sinfonía que conmueve y sacude al espectador. García entiende que el teatro no solo se mira: se siente, y Etiopía es una prueba contundente de ello.

Etiopía no se limita a narrar: invita a reflexionar. Nos enfrenta con preguntas necesarias sobre el pasado, nos obliga a repensar consignas y a valorar la importancia de la memoria como construcción colectiva. Es una obra que permanece mucho después de caer el telón, que abre diálogos y nos interpela como sociedad. Como bien señala Mazover, está dedicada a quienes murieron soñando con un futuro mejor, y en su representación vemos cómo ese futuro se enlaza con nuestro presente.

En definitiva, Etiopía es un testimonio teatral imprescindible, una pieza que honra la memoria y la resistencia desde el arte, y que confirma el talento de todo su equipo. Una obra que emociona, que duele y que, sobre todo, nos recuerda la belleza y la potencia del teatro cuando se convierte en memoria viva. ¡Felicitaciones a todo el elenco, a Lucas García y a quienes hicieron posible esta experiencia conmovedora!



Reseña de PICANTE.

 “Picante”, el unipersonal de Patricia Rojas bajo la producción de Magnolia Producciones, es una bocanada de aire fresco dentro de la cartelera teatral local. Desde el instante en que las luces se encienden, la energía desbordante de Rojas invade el escenario y lo transforma en un espacio íntimo, vibrante y lleno de complicidad. Con su personaje, la chispeante “Chiruza Mamandra”, logra un equilibrio perfecto entre el formato del stand-up y el teatro, ofreciendo un espectáculo que es tanto una confesión desopilante como una experiencia colectiva.

El gran acierto de Picante radica en su capacidad para generar un ida y vuelta constante con el público. La risa no es solo una reacción: es un puente, un código compartido entre actriz y espectadores. Cada función se convierte en un encuentro único, porque Rojas domina como pocas el arte de la improvisación y la espontaneidad. Se permite jugar con lo inesperado, leer las reacciones de la sala y transformar lo accidental en material cómico. Esa frescura convierte cada presentación en irrepetible, manteniendo siempre encendida la chispa de la sorpresa.

El humor, sin dudas, es el alma del espectáculo. La “Chiruza” es un personaje picante, irreverente y entrañable, que expone situaciones cotidianas con una mirada sagaz y un ingenio desbordante. Entre carcajadas y sonrisas cómplices, el público se reconoce en muchas de sus ocurrencias, porque detrás del sarcasmo y la picardía late un reflejo genuino de nuestra propia realidad. Rojas no teme incomodar, pero lo hace con gracia y desparpajo, logrando que incluso lo más atrevido resulte cercano y liberador.

El título Picante no podría ser más acertado: la propue
sta es audaz, adulta y atrevida, condimentada con ese sabor irresistible que mezcla diversión, ironía y una dosis justa de irreverencia. Rojas se entrega por completo a su creación, construyendo una conexión auténtica con quienes la escuchan y logrando que la sala entera se sienta parte de su juego. La actriz, con gran oficio, combina el humor inteligente con la picardía popular, sin caer nunca en lo predecible ni en lo fácil.

Este unipersonal no solo ofrece risas; ofrece un respiro. Es un espectáculo que permite desconectar de la rutina y dejar a un lado las preocupaciones cotidianas para sumergirse en una hora de carcajadas, ingenio y entretenimiento bien ejecutado. En tiempos donde tanto se necesita reír y compartir, Picante se convierte en un bálsamo y en una celebración del poder transformador del humor.

Recomendado, y con entusiasmo, para todos aquellos que busquen una noche especial, cargada de alegría y complicidad. Picante es, sin duda, una excelente opción dentro del panorama teatral actual: una experiencia divertida, refrescante y memorable. No se lo pierdan: Patricia Rojas y su “Chiruza Mamandra” son pura chispa, pura risa y pura magia escénica.

Reseña: SOY UNA Y SOY MIL.

¡Ay, Dios mío! Todavía me tiemblan las manos mientras escribo estas líneas. Acabo de salir de la función de “Soy Una y Soy Mil” y siento cómo la emoción me atraviesa como una corriente eléctrica. Decidí escribir en caliente, sin filtrar, en la inmediatez del sentimiento, porque son precisamente las emociones el combustible que enciende mi escritura, y pocas veces he experimentado algo tan potente.

Esta obra es mucho más que teatro: es un homenaje, una oda vibrante al arte escénico en su estado más puro. Una invitación urgente, un guiño cómplice para que nadie se pierda la próxima función. Estar ahí, en ese espacio compartido, es entrar en un ritual, una experiencia que trasciende la simple representación y nos recuerda por qué el teatro sigue siendo imprescindible en nuestras vidas.

La actriz, Paula, creadora y protagonista, se alza como el corazón mismo de esta propuesta. Ha forjado su propia técnica, visceral, genuina, despojada de artificios. No interpreta: es. Se entrega con una honestidad brutal, regalando al público un sentir profundo y único, una huella de lo que quiere contar. Su actuación se convierte en un homenaje vivo a alguien que ya no está, pero cuya presencia se percibe intensamente a través de su mirada, de sus silencios, de su respiración. Esa ausencia, lejos de pesar, se vuelve un puente mágico que conecta a Paula con el público en una experiencia conmovedora.

La obra nos lleva de viaje hacia los inicios: aquel momento crucial en que alguien decide dedicar su vida al teatro. Nos conduce a través de las exigencias de la disciplina, la rigurosidad de las técnicas, las responsabilidades asumidas, los quiebres, los instantes decisivos... hasta llegar al adiós, la despedida inevitable. Para vivirla en plenitud hay que estar presente con todos los sentidos, abiertos a cada gesto, a cada palabra, a cada mirada. Paula nos invita a sumergirnos en su juego, a ser testigos de su proceso creativo, un camino que comenzó en 2020 y que, cinco años después, ha encontrado un brillo arrollador.

¡Paula! Qué naturalidad, qué entrega, qué verdad. Tiene esa magia indescriptible de arrastrarnos a su mundo y hacernos viajar con ella. El resultado son lágrimas, recuerdos que brotan, una conmoción inesperada que deja huella. No es casual que la figura de Alfonsina Storni se haga presente en la obra: Paula se convierte en poesía viva, en versos que se corporizan, en emoción que se despliega en cada movimiento.

La dirección, sutil y precisa, permite que todo fluya con la intensidad justa, y la música... ¡la música se adentra en la piel, atraviesa los poros y nos envuelve en una vibración única! Cada acorde refuerza lo que ocurre en escena, potenciando la experiencia hasta lo indecible.

Recomiendo esta obra con todo mi amor y mi gratitud. Qué hermoso es dejarse emocionar, recordar y volver a amar a través del teatro. Gracias, Paula, por esta experiencia inolvidable, por recordarnos que el teatro es vida, memoria y poesía en movimiento.

RESEÑA "UNA LIBRA DE CARNE". GRUPO BORDE. Dirección: Lucas García

El grupo de teatro BORDE, bajo la dirección de Lucas García, presenta una propuesta visceral que no solo atrapa, sino que también sacude y provoca. No se trata de una simple representación; es una verdadera experiencia sensorial y emocional. La puesta en escena, magistralmente orquestada por García —un director con una trayectoria impecable, capaz de equilibrar la experiencia con la frescura de los talentos emergentes—, nos sumerge en un juicio absurdo que funciona como microcosmos de la condición humana.

En este escenario se enfrentan dos hombres: un comerciante y un tenedor de libros, protagonistas de una batalla legal por una deuda que exige, como pago, la entrega literal de una libra de carne del deudor. La crudeza de esta premisa se intensifica con la iluminación estratégica, que genera atmósferas opresivas y, a la vez, momentos de revelación que dejan al público en estado de inquietud y asombro.

El vestuario, cuidadosamente seleccionado, define la esencia de cada personaje, acentuando sus diferencias y exponiendo sus conflictos internos. El uso de máscaras, una decisión audaz y profundamente simbólica, añade misterio y refuerza la universalidad de los roles, invitando al espectador a ir más allá de lo visible y a reflexionar sobre lo oculto en la naturaleza humana.

BORDE no solo monta una obra: exhibe con orgullo un semillero de talento. Jóvenes actores que desbordan energía, con una entrega apasionada que se siente en cada gesto y en cada palabra. La dirección firme y sensible de García extrae lo mejor de este elenco diverso, creando un conjunto que vibra en perfecta armonía.

La obra confronta directamente al público con la soledad, la crueldad y la deshumanización. Nos obliga a cuestionar el valor que damos a la vida, a la compasión y a nuestras propias decisiones. ¿Qué significa realmente juzgar? ¿Cuánto nos alejamos de nuestra esencia en nombre de la ley, de las normas, de la justicia? Estas preguntas resuenan mucho después de que el telón cae, dejando huella en cada espectador.

Se trata de una experiencia inolvidable, un testimonio vibrante del talento teatral chaqueño, sostenido por la visión lúcida de Lucas García y el
compromiso absoluto del elenco de BORDE. Una obra imprescindible, intensa y profundamente humana, que reafirma la belleza y la potencia de nuestro teatro.





Reseña: MUCHACHÁCHARA (Jopara Teatro) Por Nicko Stea

Hay algo interesante en seguir de cerca los procesos de un grupo. Ya había tenido la oportunidad de ver una de las tantas propuestas de JOPA...