Por Nicko Stea.
Tuve la oportunidad de verla en el 46º Encuentro Provincial de Teatro, y aún me cuesta poner en palabras lo que generó en la sala. No solo fue una comedia entretenida —que lo es, y mucho—, sino también una bocanada de identidad, una celebración de lo que somos los del interior, con nuestras familias numerosas, nuestros enredos, nuestras risas y nuestras costumbres que, aunque el tiempo avance, se niegan a desaparecer.
La obra parte de una premisa sencilla: Adelaida, una anciana que padece extraños síntomas, mantiene en vilo a su familia. Pero el verdadero terremoto se desata cuando corre el rumor de que existen unas supuestas “hectáreas de Adelaida”, unas tierras que podrían cambiar la suerte de todos. Desde allí, todo se vuelve un torbellino de discusiones, sospechas, malentendidos y humor.
El texto, escrito con un oído atento al habla popular, retrata con ternura y picardía a esa familia disfuncional pero entrañable. Cada personaje está construido con un gran realismo, son figuras que uno reconoce enseguida, porque los hemos visto, porque los conocemos.
Esa capacidad de reflejar lo cotidiano, de poner en escena la esencia del pueblo, es uno de los grandes aciertos de la obra. No hay artificio ni pretensión: hay verdad. Y esa verdad se siente.
La puesta en escena es tan acertada como efectiva. No busca deslumbrar, sino representar con honestidad una casa de pueblo: el juego de comedor modesto, las telas colgadas, la tele vieja, la silleta cubierta de mantas. Todo está ahí, dispuesto con un cuidado que no pretende reconstruir un pasado, sino mantenerlo vivo.
Hay algo profundamente emotivo en ese escenario: es el retrato de una vida que muchos reconocemos. Esas familias que viven al ritmo de los vecinos, del mate compartido y del chisme que circula por la vereda. Esa sensación de comunidad que en las grandes ciudades parece desvanecerse, pero que en los pueblos todavía late con fuerza.
Y esa conexión con lo cotidiano es lo que hace que Las Hectáreas de Adelaida nos resulte tan cercana. Porque no solo nos reímos de los personajes; también nos reímos de nosotros mismos.
El elenco de Villa Ángela, dirigido por Darío Coria, logró un trabajo lleno de entrega y autenticidad. Se nota el compromiso de cada integrante, el tiempo dedicado a construir personajes que no caen en la caricatura, sino que se sienten vivos, reales.
Lo que más me conmovió fue ver la alegría y el orgullo con que este grupo subió al escenario. Al finalizar la función, el propio Coria compartió con el público que no fue fácil llegar hasta Resistencia: los viajes, los costos, las distancias, el esfuerzo. Pero ahí estaban, de pie, con la emoción a flor de piel y los ojos brillantes de quienes saben que lo han logrado.
Esa imagen me quedó grabada. Porque en cada aplauso se reconocía algo más que una buena función: se reconocía la lucha y la pasión de los artistas del interior, esos que muchas veces trabajan sin grandes recursos, pero con un amor inmenso por el teatro.
La obra se presenta como una comedia, y sin duda lo es. Hay momentos de un humor desopilante, de esos que contagian la risa colectiva en la sala. Pero también hay una mirada reflexiva, un subtexto que habla de la familia, del paso del tiempo, de los vínculos que nos atan y de cómo, a veces, el dinero o la herencia revelan lo más profundo (y lo más frágil) del ser humano.
Por momentos, recuerda a Esperando la carroza por su estructura coral, por ese caos tan humano en torno a una figura matriarcal. Pero Las Hectáreas de Adelaida tiene su propio pulso, su propia identidad: es una obra bien nuestra, con aroma a tierra y a verdad.
Más allá del argumento, Las Hectáreas de Adelaida deja una enseñanza enorme: el teatro del interior está vivo. Se sostiene con esfuerzo, con vocación, con la entrega silenciosa de artistas que no bajan los brazos, que viajan kilómetros con sus escenografías a cuestas, que ensayan en salas improvisadas, que lo hacen por amor al arte y por amor a su gente.
Como espectador, y también como alguien que viene del interior, me sentí profundamente identificado. Verlos en escena fue como verme a mí mismo, a mi gente, a mis raíces. Por eso, más allá de la risa, me fui con una emoción difícil de explicar.
Las Hectáreas de Adelaida no es solo una obra de teatro. Es un homenaje a nuestras familias, a nuestros pueblos, a nuestras costumbres. Es la prueba de que el humor puede ser también un acto de memoria y de resistencia.
Gracias al grupo de Villa Ángela por recordarnos que el teatro no necesita grandes luces para brillar. Que alcanza con la verdad, con el corazón y con esa magia que solo quienes aman lo que hacen pueden transmitir.
Ojalá sigamos conociendo más elencos del interior, porque en cada uno de ellos late una parte esencial del teatro argentino: la que se hace con las manos, con el alma y con la tierra.




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