Hay algo inquietante —y profundamente teatral— en el gesto de observarse a uno mismo como si se tratara de otro. Como si el escenario, de pronto, se volviera espejo.
En esta ocasión, quien escribe no es Nicko Stea, sino Sergio Nicolás Chaparro: una voz que se desplaza apenas unos centímetros de la identidad para mirar, con ojo crítico y afecto inevitable, el recorrido de un hacedor escénico en constante construcción.
Porque hablar de Nicko Stea no es simplemente reseñar a una persona, sino intentar descifrar una presencia: alguien que habita el teatro no sólo como espacio, sino como lenguaje, como territorio y como forma de existir dentro de la escena del NEA.
Nicko Stea viene de un pueblo llamado Pampa Almirón. No será esta una biografía detenida en datos ni en cronologías, pero hay algo que desde siempre fue evidente: el arte le corría por la sangre, como una pulsión inevitable, como un llamado que no necesitaba explicación.El tiempo avanza —como siempre lo hace— y nos encuentra en el inicio de la escuela secundaria. Allí, la realidad era una sola, clara y sin matices: Nicko quería llegar a ese lugar por una razón muy precisa. No era el aula, no eran las materias, no era el deber. Era el grupo de teatro.
Ese era su sueño. Ese era su objetivo.
Durante los cinco años que transitó la secundaria, participó en cada obra, en cada encuentro, en cada instancia donde el escenario se ofreciera como posibilidad. No estuvo solo: lo acompañaron y alentaron sus padres —que, sin duda, merecen su propia reseña—, su director Hugo y sus profesores Aníbal y Néstor, quienes supieron ver y sostener ese fuego inicial.Qué jovencito lleno de sueños.
Y, sin embargo, hay algo que incomoda en esa imagen tan perfecta. Porque todo sueño, cuando se vuelve único, también puede volverse obsesión. ¿Qué lugar ocupaba el resto del mundo cuando el teatro lo era todo?
Tal vez ahí empieza a dibujarse otra capa de Nicko Stea: no sólo el que soñaba, sino el que insistía. El que elegía, incluso sin saber del todo qué estaba dejando atrás. El que convertía el deseo en una forma de avanzar, aun cuando el camino no estaba claro.
Porque fuera del teatro, la realidad era otra.
Nicko no se hallaba en su entorno. No terminaba de encajar, de reconocerse en lo cotidiano. Había algo —difícil de nombrar, pero siempre presente— que lo hacía distinto. Miraba el mundo desde otro ángulo, con otra sensibilidad, con otra forma de percibir lo que lo rodeaba.
Y tal vez por eso, el teatro no era solo un espacio más.
Era el único lugar donde se sentía poderoso. Seguro. Sin complejos.
Allí, todo aquello que afuera parecía desajuste, se volvía potencia. Lo que no encajaba, encontraba forma. Lo que incomodaba, se transformaba en lenguaje.
No olvidemos que era un adolescente descubriendo el mundo… pero con un sueño fijo, intenso, poco común.
Y quizás ahí radique una de las claves para empezar a entenderlo.
Ese impulso lo empuja, inevitablemente, hacia otro territorio.
Termina el secundario y llega Resistencia. La ciudad aparece como promesa: estudiar una carrera, acercarse —al menos en teoría— a ese objetivo que lo había acompañado desde siempre. Pero la realidad no tarda en mostrar sus fisuras.
La rebeldía era más fuerte.
Teatro universitario. Teatro Vasco. Noches compartidas con recitadores en distintos rincones de la ciudad. Espacios que se abren, encuentros que se multiplican. Poco a poco, Nicko empieza a encontrar su lugar… o, mejor dicho, a construirlo.
No fue inmediato. No fue ordenado. Pero fue insistente.
Hasta que llega 2010, y algo empieza a intensificarse.
Junto a un grupo de universitarios, forma un colectivo y comienzan a producir obras. Primero dentro de la facultad, casi como una extensión natural del encuentro. Luego, el salto: una sala de teatro. Otro tipo de exposición. Otra exigencia.En ese recorrido aparece Sala 88. Nicko se integra a “La Fiaca” y participa en diversas muestras. La escena ya no es una aspiración lejana: empieza a volverse experiencia concreta.
Y, sin embargo, algo no terminaba de aquietarse.
Esa rebeldía —mezcla de inconformismo y deseo— seguía empujando. Ese joven, todavía atravesado por cierta inocencia, quería más. No le alcanzaba con estar. Necesitaba entender.
Observaba. Preguntaba. Se quedaba después. Escuchaba.
Quería saber cómo funcionaba todo.
Porque no se trataba solo de actuar. Se trataba también de crear.
Y es en ese tránsito —entre la búsqueda y la construcción— donde aparece una escena menos luminosa, pero profundamente formadora.
Porque si algo definía a ese joven Nicko era una especie de fe ingenua, casi sagrada, en el hecho teatral.
Asistía a todas las obras. A todas.
Y como bien le había marcado Hugo Blotta, aplaudía siempre de pie. No importaba el resultado, no importaba la calidad, no importaba siquiera si lo que había visto lo conmovía o no. Aplaudir de pie era otra cosa.
Era celebrar.
Era reconocer el coraje de quien se sube a un escenario a contar una historia. Era, también, una promesa silenciosa: hoy yo aplaudo con amor… mañana estaremos en el mismo lugar.
Había en ese gesto una ilusión profunda. Una forma de entender el teatro como comunidad, como red, como sostén mutuo.
Pero toda ilusión, tarde o temprano, se enfrenta con su contracara.
La primera gran decepción no tardó en llegar.
El día que estrenó su primera obra, ese ritual que había repetido durante años —estar presente, acompañar, sostener— no volvió hacia él. Nadie de aquellos a quienes había aplaudido estaba ahí.
Nadie.
Y no era solo una ausencia física. Era otra cosa. Un silencio que pesaba más. Una especie de código no escrito que nadie le había explicado.
Porque mientras él creía estar construyendo comunidad, también —sin saberlo— estaba empezando a hacer ruido.
Y el ruido, en ciertos espacios, incomoda.
Volantear en la peatonal, insistir, nombrarse como grupo, ocupar lugar, querer crecer… todo eso que para él era impulso y necesidad, para otros empezaba a ser exceso.
Tal vez ahí aparece otro aprendizaje: el teatro no es solo escenario y creación. También es territorio. También es disputa.
Esa tensión lo empuja a seguir moviéndose, a buscar otros espacios.
Y así llega a La Máscara Teatro.
Un lugar donde permanecería durante años. Un lugar clave.
Porque fue allí donde más creció… y también donde más se equivocó.
La falta de acompañamiento no lo detuvo, pero dejó marcas. Lo obligó a endurecer ciertas decisiones, a entender que el reconocimiento no siempre es inmediato ni justo, y que muchas veces el camino se construye en soledad.
Y, al mismo tiempo, ese mismo impulso que lo había llevado hasta ahí —hacer, insistir, proponer— empezaba a generar incomodidad en otros.
No por lo que hacía, sino por lo que eso evidenciaba.
Que había alguien que no esperaba permiso.
Y entonces llegó el golpe más directo.
Mensajes en privado. Opiniones dichas en voz baja. Sugerencias disfrazadas de consejo: que deje de hacer, que no estaba listo, que sus producciones no tenían calidad.
Y sí. Había algo de verdad en eso.
Las primeras obras no fueron buenas. Y en el teatro —como en casi todo— lo que queda en la memoria es lo que falla, lo que incomoda, lo que no alcanza.
Pero lo que no se dice, o no siempre se quiere ver, es todo lo que hay detrás de ese error: el intento, la búsqueda, el riesgo.
Hubo actitudes que marcaron. Que dolieron. Que expusieron una cara del ambiente que no siempre se nombra.
Pero no es ahí donde se detiene esta historia.
Porque hay un momento en el que algo cambia.
Un Nicko de veintitantos entendió que no se puede crecer pidiendo permiso.
Y se volvió más duro.
Se defendió.
Y entonces empezaron las etiquetas: “soberbio”, “no escucha”, “hace la suya”.
Como si afirmarse fuera un defecto.
Como si insistir fuera una falta.
Como si no ceder ante la incomodidad ajena fuera un problema.
Pero hay algo que suele olvidarse:
A veces las personas no cambian porque quieren… cambian porque entendieron que siendo como eran, no alcanzaba para sobrevivir.
Pero hay golpes que no solo endurecen.
Hay golpes que rompen.
Y ese, sin dudas, fue uno de ellos.
Porque toda esa acumulación —las ausencias, los comentarios, las miradas, los mensajes— no pasó sin consecuencias. Hubo un momento en el que sostenerse dejó de ser posible.
Y entonces, en el momento más vital, más intenso, más lleno de impulso de su existencia, Nicko se corrió.
Dejó de hacer teatro.
No por falta de deseo, sino por exceso de desgaste. Porque no siempre se puede habitar un espacio cuando lo que circula es más hostilidad que encuentro.
Era demasiado.
Y a veces, retirarse no es rendirse. Es sobrevivir.
Pasó el tiempo. Mucho tiempo.
Pandemia de por medio, silencios largos, preguntas incómodas. ¿Hacia dónde ir? ¿Desde dónde volver? ¿Valía la pena insistir?
No era la primera vez que se desplazaba. Ya había probado en otra provincia. Allí también hubo de todo: abrazos sinceros, pero también rechazos.
La diferencia era otra.
Allí no intentó encajar.
Porque había algo que ya estaba claro: no podía —ni quería— ser amable todo el tiempo. Cuando algo no le cerraba, no se quedaba callado. Y eso, otra vez, tenía consecuencias.
Pero también tenía coherencia.
Y en medio de ese tiempo suspendido, algo empezó a decantar.
Pensar. Analizar. Revisar. Vivenciar.
Alejarse, quizás, fue la mejor decisión.
Porque incluso en la ausencia, algo seguía sucediendo.
Nicko no estaba… pero estaba.
Los llamados aparecían. Espacios que lo convocaban. Escuelas que lo buscaban para trabajar. Propuestas que llegaban desde lugares donde la mirada era otra.
Y ahí surge una comprensión nueva.
Una más silenciosa, menos urgente, pero más firme.
Que, a pesar de todo, había construido un camino.
Que ese recorrido —con errores, con tropiezos, con momentos incómodos— tenía valor.
Pero no para todos.
Para quienes sabían verlo.
Y entonces, más que un regreso, ocurre otra cosa.
Un reseteo.
Porque volver no siempre es retomar donde se dejó. A veces es empezar desde otro lugar.
Hoy, Nicko está más firme que nunca dentro del teatro, pero de una manera distinta.
Porque madurar no es volverse más correcto… es volverse más consciente de quién uno es y de lo que ya no está dispuesto a negociar.
Hoy se está formando nuevamente. Se permite aprender otra vez, pero desde otro cuerpo, desde otra cabeza, desde otra historia.
Habita espacios sanos. Se rodea de personas con la misma avaricia —esa hambre de hacer, de crear, de crecer— pero sin el daño.
Y algo también cambió en el entorno.
La realidad del teatro ya no es la misma.
Hoy hay jóvenes más fuertes, más decididos, más convincentes. Y ya no es tan fácil imponer el miedo.
Nicko lo celebra.
Lo acompaña.
Porque entiende que donde antes había silencio, hoy hay voces. Donde antes faltaban manos, hoy sobran. Donde antes costaba sostener, hoy hay abrazos que contienen.
Y en medio de todo eso, esta auto reseña no busca cerrar nada.
Busca reconocer.
Reconocerse.
Nicko Stea hoy es un actor más honesto. Más conectado consigo mismo. Que observa, que escribe, que se sigue emocionando.
Y eso —quizás— es lo más importante.
Porque hubo que romperse para poder armarse de nuevo.
Y ahora, ya no necesita que lo vean para saber lo que es.
Sabe que tiene cosas buenas.
Y no es soberbia.
Es amor.





Comentarios
Publicar un comentario