lunes, 15 de junio de 2026

Linaje: La historia que quedó viviendo en mí...

Por Nicko Stea.

Quienes me conocen saben que la mayor parte de las veces escribo sobre teatro. Sobre obras, actuaciones, puestas en escena y todo aquello que sucede cuando las luces se encienden. Pero hoy la reseña es diferente. Hoy no voy a hablar de una obra teatral, aunque, de algún modo, sigo hablando de teatro.

Porque el teatro también vive en las historias humanas. En los vínculos, en las ausencias, en los silencios, en aquello que nos conmueve y nos transforma. Y eso fue exactamente lo que encontré en Linaje, de Meche Martínez.

Esta vez no me senté frente a un escenario. Me senté frente a un libro. Sin embargo, sentí algo muy parecido a lo que experimento cuando una obra logra atravesarme: me reconocí en sus personajes, en sus conflictos, en sus emociones y en sus preguntas.

Quizás porque las mejores historias, sin importar el formato en que se cuenten, tienen el mismo destino: encontrarse con nuestra propia vida.

Hay personas que llegan a nuestra vida sin cruzar jamás una puerta. Llegan a través de una pantalla, de una voz, de una historia compartida. A Meche Martínez la conocí así, en plena pandemia.


Mientras el mundo parecía detenido y las horas se estiraban entre incertidumbres, miedos y silencios, aparecían sus bitácoras en Instagram. Yo las esperaba. En aquellas transmisiones conocí historias de actores y actrices de Buenos Aires, recorridos artísticos, experiencias de vida y reflexiones sobre el oficio. Pero, sin darme cuenta, también empecé a conocerla a ella.


Había algo en su manera de comunicar que generaba cercanía. Algo profundamente humano. En una época donde todos estábamos separados, Meche encontraba la forma de acercarse. Sus palabras fueron compañía en muchas siestas solitarias, de esas que parecían eternas. Fue una presencia amable en días difíciles. Una amiga a la distancia que quizás no sabía que estaba abrazando gente del otro lado de la pantalla.


Conecté con ella desde el primer momento. Por el amor al teatro, por el respeto al oficio, por la pasión por comunicar, por esa necesidad de contar historias para entender mejor el mundo y entendernos mejor a nosotros mismos.

Por eso cuando llegó a mis manos Linaje, no estaba empezando solamente la lectura de un libro. Estaba entrando en una parte muy íntima de la vida de alguien a quien sentía cercana desde hacía años.

Y qué viaje fue.

Linaje habla de una madre y una hija. Pero también habla de todas las madres y todas las hijas. Habla de las herencias invisibles que nos atraviesan. De aquello que recibimos sin pedirlo y que, muchas veces, pasamos gran parte de la vida intentando comprender.

La relación que Meche construye con su madre está llena de amor, pero también de contradicciones. De ternura y de cansancio. De admiración y de enojo. De compañía y de distancia. Mientras avanzaba en la lectura, sentía que estaba asistiendo a una conversación pendiente entre dos mujeres que se amaron profundamente, aunque no siempre supieran cómo hacerlo.

Hay una honestidad brutal en esas páginas.

La enfermedad de la obesidad atraviesa toda la obra. Pero nunca aparece reducida a una cuestión estética ni a una simple falta de voluntad. Aparece como lo que verdaderamente es: una lucha compleja, dolorosa y profundamente humana.

Y ahí fue imposible no encontrarme.

Porque yo también conozco esa pelea.

Conozco las dietas que empiezan los lunes y terminan antes del anochecer. Conozco las promesas frente al espejo. Conozco el cansancio físico. Conozco las excusas que uno se dice para sobrevivir un día más. Conozco la culpa después de comer. Conozco la vergüenza. Conozco las miradas ajenas.

Mientras leía a la madre de Meche hablar de sus intentos, de sus frustraciones y de sus dolores, muchas veces sentí que no estaba leyendo una historia ajena.

Sentí que estaba leyendo algo de mí.

Pero Linaje va mucho más allá de la obesidad.

Habla de cómo las familias construyen sus propios idiomas. Esos mandatos que pasan de generación en generación. Esas frases que se repiten durante décadas. Esas maneras de amar que aprendemos sin darnos cuenta.


Habla de las mesas familiares donde la comida es amor, premio, refugio, celebración y también conflicto.

Habla de la dificultad de poner límites cuando el amor se mezcla con la culpa.

Habla del duelo.

Y sobre todo habla de la memoria.

Hay escenas que todavía siguen conmigo. La hija acompañando a una madre que se vuelve cada vez más dependiente. Los llamados telefónicos interminables. Los reclamos disfrazados de preocupación. Los recuerdos de viajes familiares. Las dietas. Los intentos. Siempre los intentos.

Porque si algo me dejó este libro es la sensación de que todos estamos intentando algo.

Intentando sanar.

Intentando entender.

Intentando perdonar.

Intentando cambiar.

Intentando sobrevivir.

Hace poco, en una conversación, Meche me dijo algo que me emocionó profundamente: que yo había sabido salvarme.Y desde entonces esa frase no dejó de resonar dentro mío.

Porque mientras leía Linaje, veía el recorrido de una mujer que no pudo encontrar la salida de una enfermedad que la acompañó toda la vida. Y al mismo tiempo me encontraba observando mi propio camino.

Mi cirugía bariátrica.

Mis miedos.

Mis pérdidas.

Mis cambios.

Mi nueva manera de habitar el cuerpo.

No sentí orgullo al leerlo. Sentí gratitud.

Gratitud porque entendí que salvarse no es ganar una batalla. Salvarse es elegir seguir viviendo. Es volver a intentarlo una vez más. Es levantarse después de cada caída.

Quizás por eso este libro me conmovió tanto. Porque no habla de héroes...Habla de personas.Personas que aman como pueden.Que se equivocan.Que cargan heridas.Que intentan.Que fracasan.Que vuelven a intentar.Y en esa humanidad enorme encontré algo profundamente hermoso.

Terminé Linaje con lágrimas en los ojos. No porque sea un libro triste. Sino porque es un libro verdadero.

Y los libros verdaderos tienen esa capacidad extraña de quedarse viviendo dentro de nosotros mucho después de haber leído la última página.

Ojalá algún día pueda darle a Meche ese abrazo que la pandemia postergó.

Un abrazo real.

Porque sus palabras estuvieron presentes en muchos momentos de mi vida.

Y ahora, después de leer Linaje, siento que la conozco un poco más.

Gracias por la compañía.

Gracias por la honestidad.

Gracias por la valentía de escribir una historia tan íntima.

Y gracias por recordarnos que detrás de cada cuerpo, de cada familia y de cada herencia, siempre hay una historia que merece ser contada.





viernes, 12 de junio de 2026

El Rey Tuerto: cuando la risa deja al descubierto nuestras heridas

Por Nicko Stea.

Anoche salí del Guido Miranda con algo más que una obra encima. Salí con preguntas. Con algunas risas todavía resonando en la cabeza y con esa sensación extraña que deja el buen teatro cuando te entretiene mientras te está clavando un espejo delante de la cara.

Dentro del ciclo Poen Alarcón, tuve la posibilidad de ver El Rey Tuerto, una propuesta que desde el primer minuto rompe cierta comodidad habitual del espectador. No estábamos sentados observando una historia desde lejos. Estábamos ahí, compartiendo el mismo aire que los actores, a pocos metros de ellos, viendo cómo los conflictos se cocinaban prácticamente sobre nuestras rodillas. Esa cercanía no era un detalle escenográfico: era parte fundamental de la experiencia.

La historia arranca con algo que podría pasarle a cualquiera. Dos amigas que hace mucho no se ven organizan una cena para reencontrarse. Lo que parece una noche de charla y recuerdos se transforma lentamente en una olla a presión cuando aparecen las parejas. David es policía. Ignacio perdió un ojo durante una manifestación. Y cuando ambos descubren quién es quién, la mesa deja de ser una mesa para convertirse en un territorio de disputa.

Lo interesante es que la obra nunca se conforma con ese conflicto. Cuando uno cree haber encontrado el centro de la historia, aparece otro elemento que desacomoda todo. En este caso, las intervenciones de un político interpretado por Luis Alarcón, cuyos discursos sobre ajustes, sacrificios necesarios y herencias recibidas provocaron más de una sonrisa incómoda entre el público. Porque hay textos que parecen escritos ayer, aunque no lo hayan sido.

La adaptación realizada por Sergio Niz encuentra un equilibrio muy fino. Respeta la esencia del texto original de Marc Crehuet, pero consigue que todo suene cercano. No hay necesidad de hacer grandes esfuerzos para encontrar paralelismos con nuestra realidad. Los discursos, las divisiones, el lenguaje inclusivo, las discusiones que plantea la obra están presentes en cualquier sobremesa familiar, en cualquier grupo de WhatsApp o en cualquier mesa de café de la Argentina actual.

Quizás por eso impacta tanto. Porque no habla de personajes lejanos. Habla de nosotros.

Uno de los mayores logros de la puesta está en no caer nunca en el panfleto. No hay personajes completamente buenos ni completamente malos. Nadie posee la verdad absoluta. Todos tienen razones, heridas, contradicciones y miserias. Y justamente ahí aparece la riqueza del material.

El trabajo del elenco es notable. Lourdes Alegre Borsini, Marisa Murcia, Lucas Carmagnola, Jorge Soto y Sergio Niz construyen personajes profundamente humanos, capaces de generar empatía incluso cuando dicen cosas con las que el espectador puede estar en desacuerdo. Particularmente potentes resultan los cruces entre Niz y Carmagnola, donde la tensión va creciendo escena tras escena hasta alcanzar momentos de enorme intensidad.

Pero si algo me sorprendió fue la capacidad de la obra para hacer reír mientras habla de asuntos dolorosos. Hay mucho humor. Muchísimo. El público ríe seguido. Sin embargo, detrás de cada carcajada aparece una pregunta incómoda. Como si la risa fuera apenas la puerta de entrada a algo más profundo.

La propuesta técnica acompaña con inteligencia esa búsqueda. La asistencia de dirección y el trabajo sonoro de Ángel Quintela, junto al aporte técnico de Andrés Verón y Emilia Quintela (responsable además de la escenografía, el diseño lumínico y la operación de luces) terminan de construir un universo donde nada parece sobrar y nada parece faltar.

Al salir de la sala recordé una frase de Augusto Boal, quien decía que el teatro no existe para dar respuestas, sino para ayudarnos a formular mejores preguntas. Creo que El Rey Tuerto trabaja exactamente en esa dirección. No intenta convencer a nadie. No busca que todos piensen igual. Lo que hace es mucho más difícil: obligarnos a mirar aquello que normalmente evitamos mirar.

Y en tiempos donde abundan los gritos, las simplificaciones y las certezas absolutas, una obra capaz de generar reflexión sin bajar línea se vuelve un acontecimiento valioso.

Durante dos horas me reí, me incomodé, me sorprendí y me reconocí en más de una situación. Para mí, ahí está la verdadera potencia del teatro. No en ofrecer refugio de la realidad, sino en ayudarnos a entenderla un poco mejor.




Linaje: La historia que quedó viviendo en mí...

Por Nicko Stea. Quienes me conocen saben que la mayor parte de las veces escribo sobre teatro. Sobre obras, actuaciones, puestas en escena y...