domingo, 31 de mayo de 2026

Impermanente: el teatro como ritual de lo que nace y muere en escena

Hay obras que se escriben antes de llegar al escenario. Y hay otras, como Impermanente, del grupo JOPARA TEATRO, que se escriben en el mismo instante en que el público respira junto a los actores. La propuesta, dirigida por Adriana Villar y Franco Greve, parte de una premisa tan arriesgada como fascinante: cada función cambia según las decisiones del público. No hay una línea argumental previa, no hay una historia cerrada esperando ser representada. Hay, en cambio, un territorio abierto.

“Es una obra que se crea en el momento. No tenemos línea argumental. El público propone disparadores, lugares y características de los personajes, y a partir de eso desarrollamos la historia”, explican sus directores. Y ahí aparece el primer gran valor de la obra: no se trata de improvisar como simple ocurrencia, sino de construir dramaturgia en vivo.

Durante más una hora, Impermanente sostiene escenas extensas, vínculos, conflictos y personajes que nacen ante nuestros ojos. Sucede en un cementerio, en un boliche a las tres de la tarde o cualquier universo que el público habilite con una propuesta. Pero lo verdaderamente potente no está solo en la variedad de posibilidades, sino en la capacidad del elenco para convertir esos disparadores en experiencia teatral.

Anoche, además de mirar lo que sucedía en escena, me tomé un tiempo para observar al público. Y ahí también había una parte fundamental de la obra. Un público enganchado, cautivado, atento, participativo. Personas que no solo miraban: estaban adentro de la experiencia. Seguían cada gesto, cada decisión, cada giro inesperado de la historia. La obra lograba algo hermoso: que el público se sintiera parte sin dejar de ser espectador.

Al salir, me quedé un momento en la puerta, y lo que escuché confirmó lo que ya se había percibido durante la función: comentarios positivos, personas saliendo con una sonrisa, agradecidas, felices. Hay algo muy poderoso cuando una obra genera eso, cuando el teatro no termina en el aplauso, sino que continúa en la conversación, en el entusiasmo compartido, en esa sensación de haber vivido algo único.

Una vez leí a Keith Johnstone, uno de los grandes referentes de la improvisación teatral, y recordé su idea de que la espontaneidad aparece cuando el actor deja de intentar controlar el futuro y se entrega a lo que sucede. En Impermanente, esa idea parece tomar cuerpo. Cada intérprete escucha, acepta, transforma y propone. Nada está asegurado, pero nada parece librado al azar. Detrás de la frescura hay entrenamiento; detrás del juego, disciplina; detrás de la risa o del drama que surge en escena, hay oficio.

Y en ese oficio se destacan sus improvisadores, actores y actrices, todos al mismo nivel, brillando por igual. Quimey, Tahiel, Matías, Rebeca, Elías, Lucas y Sebas construyen desde el juego una clase de escucha escénica, presencia, disponibilidad y construcción colectiva, herramientas fundamentales para cualquier actor o actriz. Porque actuar no es solo decir un texto o ocupar un lugar en escena: actuar también es escuchar, ceder, sostener, proponer, mirar al otro y confiar.

Cada uno aporta una energía distinta, una técnica visual única, una forma particular de habitar el espacio y de alimentar la escena. Ninguno busca imponerse por encima del otro. Por el contrario, se percibe una conciencia grupal muy precisa: saben cuándo avanzar, cuándo acompañar, cuándo sostener el silencio, cuándo transformar una situación mínima en un momento teatral potente. Esa generosidad escénica es una de las grandes virtudes del elenco.

Los propios integrantes lo explican: entrenan actuación, dramaturgia, conciencia espacial, vínculo entre actores y técnicas específicas de la impro. Y eso se nota. Impermanente tiene sus propias reglas, su estética particular y una exigencia que no siempre se percibe desde afuera: la de construir juntos sin que se vean las costuras.

El concepto de impermanencia atraviesa toda la experiencia. Algo nace hoy y muere hoy. Una historia aparece, existe durante una hora y después desaparece para siempre. Pero entonces surge la pregunta: ¿dejan de ser reales las cosas cuando dejan de existir? Tal vez el teatro, y sobre todo este tipo de teatro, nos demuestra lo contrario. Lo que sucede una sola vez no es menos verdadero; quizás, justamente por irrepetible, se vuelve más intenso.

No es la primera propuesta que veo de JOPARA TEATRO, y cada función a la que asisto me sorprende un poco más. La improvisación abre mil y una posibilidades, pero no cualquiera puede habitarlas con profundidad. En Resistencia, tener un grupo que trabaja la impro con este nivel de entrega, precisión y búsqueda es un privilegio.

Adriana y Franco están abriendo un camino en Resistencia porque no solo dirigen una obra: están impulsando una forma de entender la improvisación como lenguaje escénico serio, sensible y profundamente teatral. Están formando públicos, ampliando la mirada sobre lo que la impro puede ser y demostrando que la espontaneidad también puede tener poética, estructura, técnica y emoción.

Desde el trabajo de cada improvisador hasta la dirección de quienes están al frente, se perciben excelencia, escucha y una enorme disciplina escénica. Por eso, es momento de acompañar. De estar presentes cada vez que JOPARA esté en escena. Porque lo que sucede ahí no se repite, pero deja huella.

Impermanente recuerda que el teatro es un ritual: sucede ahí, en vivo, entre actores y público. Empieza y termina en ese momento. Y, sin embargo, algo queda. Porque aunque la historia no vuelva a repetirse, la experiencia permanece en quien la vio.

Por NICKO STEA


lunes, 25 de mayo de 2026

CONTRASTE en movimiento

 Hablar de CONTRASTE es hablar de un grupo que encuentra en su propio nombre una clave de lectura. El contraste supone oposición, pero también intensidad: una luz se vuelve más visible cuando dialoga con la sombra. En ese sentido, la propuesta de este elenco juvenil puede pensarse como el gesto de quienes están entrando al mundo teatral con una mezcla de frescura, riesgo y necesidad expresiva. Su juventud no aparece como una limitación, sino como una fuerza escénica: una energía en construcción que, precisamente por estar en movimiento, vuelve más vivo el encuentro con el público. 


“Sesión de terapia”: el caos como herencia

Dirección y dramaturgia: Maylen Norali Fernandez

Elenco: Lautaro Elian García y Slayana Sosa Marinic

La primera obra presentada por CONTRASTE, titulada “Sesión de terapia”, propone una situación tan absurda como reveladora: Lauty asiste a una sesión terapéutica con una terapeuta de apenas catorce años y medio. Desde ese punto de partida, la obra construye un juego escénico donde el humor, lo bizarro y lo generacional se cruzan para pensar algo más profundo: ¿qué ocurre cuando un adulto intenta ordenar su caos frente a una mirada adolescente que todavía está aprendiendo a nombrar el suyo?

La obra encuentra allí una metáfora potente. En apariencia, hay un choque entre dos generaciones: la perspectiva adulta, cargada de experiencias, contradicciones y frustraciones, frente a una mirada juvenil que responde desde la espontaneidad, la irreverencia y cierta lógica propia del desconcierto adolescente. Sin embargo, ese enfrentamiento no se plantea como una oposición absoluta. Por el contrario, ambos mundos conviven, se contaminan y se reflejan. El caos adulto no aparece como algo distinto al caos adolescente, sino como su posible evolución: una forma más acumulada, más disfrazada, tal vez más racionalizada, pero igualmente desbordada.

En ese sentido, “Sesión de terapia” trabaja con inteligencia los ejercicios teatrales que propone. Los juegos escénicos no aparecen como recursos puestos al azar, sino como mecanismos justificados dentro de la situación dramática. La terapia se convierte en un espacio de experimentación, donde la palabra no alcanza y el cuerpo necesita intervenir. Los personajes no solo hablan de lo que les pasa: lo juegan, lo exageran, lo ridiculizan y lo exponen frente al público.

Uno de los momentos más particulares de la obra es una escena de tono bizarro, casi de cotillón, donde el público deja de ser un observador pasivo para convertirse en parte del acontecimiento. La aparición del baile con “Mamma Mia” resignifica la escena: lo que podría leerse como simple desborde festivo se transforma en una forma de liberación colectiva. La música, el movimiento y la participación del público rompen momentáneamente la lógica de la sesión terapéutica y convierten el caos en celebración. Allí la obra encuentra uno de sus mayores aciertos: entender que lo teatral también puede suceder en ese borde entre la incomodidad, la risa y la complicidad.

También se destaca la energía viva de los jóvenes actores. Hay soltura en sus cuerpos, comunicación entre ellos, escucha, mirada y conexión. No se perciben como intérpretes aislados repitiendo una estructura, sino como presencias que reaccionan y se afectan mutuamente en escena. En este punto, puede pensarse la actuación desde ideas cercanas a Peter Brook, quien entendía el teatro como un encuentro vivo entre quien actúa y quien mira. En “Sesión de terapia”, esa vitalidad aparece justamente en la disponibilidad de los cuerpos: los actores se animan a jugar, a exponerse, a sostener el absurdo y a compartirlo con el público sin perder el vínculo entre ellos.

La obra, entonces, no se limita a presentar una situación graciosa o disparatada. Detrás de su humor y de sus escenas más excéntricas, aparece una pregunta sensible sobre las formas en que distintas generaciones intentan comprenderse. “Sesión de terapia” muestra que el caos no pertenece únicamente a una edad: cambia de forma, madura, se disfraza, pero sigue ahí. Y el teatro, en manos de este grupo joven, se vuelve el lugar donde ese desorden puede mirarse de frente, jugarse y, por momentos, incluso bailarse.


“El día que ella dijo que había matado al perro agarré el auto”: un duelo en estado animal.

Dramaturgia: Giuliana Kiersz

Dirección: Maylen Norali Fernandez.

Elenco: Juliana Sosa Marinic

Luego se presentó “El día que ella dijo que había matado al perro agarré el auto”, una obra que desplaza el centro de la escena hacia un territorio más oscuro, íntimo y visceral. En este unipersonal, la protagonista utiliza la figura de un perro como mecanismo para atravesar un duelo. Pero ese perro no funciona únicamente como presencia narrativa: se vuelve símbolo, excusa, espejo y herida. A través de él, la obra permite que emerjan distintas capas emocionales: la furia, el placer, el resentimiento y el dolor.

La actriz sostiene sola el peso de una dramaturgia intensa, llevando a flor de piel cada cambio de ritmo, cada quiebre y cada transformación interna del personaje. Desde el primer instante logra cautivar al público, no desde la quietud de una emoción fija, sino desde un recorrido que la va modificando: por momentos se debilita, por momentos se fortalece; por momentos parece hundirse en su propio mundo y, en otros, encuentra una potencia inesperada para seguir avanzando.

Hay en su trabajo algo profundamente corporal. La escena no se sostiene únicamente desde la palabra, sino desde una presencia física que atrapa. El cuerpo de Juli se vuelve territorio del duelo: allí aparece la tensión, la rabia contenida, el agotamiento, la incomodidad y también una extraña forma de vitalidad. En ese sentido, su actuación puede pensarse en diálogo con las ideas de Jerzy Grotowski, quien concebía al actor como el centro esencial del acontecimiento teatral, capaz de construir sentido desde la entrega física, la presencia y la exposición emocional. En este caso, la intérprete no se esconde detrás del texto: lo encarna.

Los unipersonales suelen presentar un riesgo particular: el de perder intensidad, caer en la repetición o no lograr sostener el vínculo con el espectador durante todo el recorrido. No cualquiera tiene la capacidad de juego, escucha y variación necesaria para mantener viva una escena en soledad. Sin embargo, Juli lo logra. Su presencia abre un mundo propio y nos invita a ingresar en ese viaje trágico que la obra propone, sin permitir que la atención decaiga.

La obra trabaja el duelo no como un proceso ordenado, sino como una experiencia contradictoria, incluso incómoda. La pérdida no aparece solamente asociada a la tristeza, sino también a impulsos menos confesables: el enojo, el resentimiento, cierta violencia interna, incluso un placer oscuro que incomoda porque revela zonas humanas difíciles de aceptar. Allí está una de sus mayores fuerzas: en no suavizar el dolor, sino mostrarlo como una materia compleja, llena de bordes.

“El día que ella dijo que había matado al perro agarré el auto” construye, desde la soledad escénica, una experiencia cargada de intensidad. Juli atraviesa la escena como quien atraviesa una herida abierta: a veces frágil, a veces feroz, siempre presente. Y en esa entrega, el unipersonal encuentra su potencia.


En conjunto, ambas obras permiten ver la amplitud de búsqueda de CONTRASTE. Por un lado, “Sesión de terapia” apuesta al juego, al choque generacional, al humor y a la participación del público. Por otro, “El día que ella dijo que había matado al perro agarré el auto” se sumerge en una zona más trágica, íntima y corporal. Allí aparece nuevamente el valor del nombre del grupo: CONTRASTE como diferencia de tonos, de lenguajes y de sensibilidades, pero también como una forma de iluminar distintas maneras de estar en escena. Entre el caos adolescente, el duelo adulto, el humor, la herida y el juego, el grupo deja ver una identidad en construcción, joven y decidida, que empieza a encontrar su propia voz dentro del camino teatral. 

ESCRITO POR NICKO STEA


Linaje: La historia que quedó viviendo en mí...

Por Nicko Stea. Quienes me conocen saben que la mayor parte de las veces escribo sobre teatro. Sobre obras, actuaciones, puestas en escena y...