Hay obras que se escriben antes de llegar al escenario. Y hay otras, como Impermanente, del grupo JOPARA TEATRO, que se escriben en el mismo instante en que el público respira junto a los actores. La propuesta, dirigida por Adriana Villar y Franco Greve, parte de una premisa tan arriesgada como fascinante: cada función cambia según las decisiones del público. No hay una línea argumental previa, no hay una historia cerrada esperando ser representada. Hay, en cambio, un territorio abierto.
“Es una obra que se crea en el momento. No tenemos línea argumental. El público propone disparadores, lugares y características de los personajes, y a partir de eso desarrollamos la historia”, explican sus directores. Y ahí aparece el primer gran valor de la obra: no se trata de improvisar como simple ocurrencia, sino de construir dramaturgia en vivo.
Durante más una hora, Impermanente sostiene escenas extensas, vínculos, conflictos y personajes que nacen ante nuestros ojos. Sucede en un cementerio, en un boliche a las tres de la tarde o cualquier universo que el público habilite con una propuesta. Pero lo verdaderamente potente no está solo en la variedad de posibilidades, sino en la capacidad del elenco para convertir esos disparadores en experiencia teatral.Anoche, además de mirar lo que sucedía en escena, me tomé un tiempo para observar al público. Y ahí también había una parte fundamental de la obra. Un público enganchado, cautivado, atento, participativo. Personas que no solo miraban: estaban adentro de la experiencia. Seguían cada gesto, cada decisión, cada giro inesperado de la historia. La obra lograba algo hermoso: que el público se sintiera parte sin dejar de ser espectador.
Al salir, me quedé un momento en la puerta, y lo que escuché confirmó lo que ya se había percibido durante la función: comentarios positivos, personas saliendo con una sonrisa, agradecidas, felices. Hay algo muy poderoso cuando una obra genera eso, cuando el teatro no termina en el aplauso, sino que continúa en la conversación, en el entusiasmo compartido, en esa sensación de haber vivido algo único.Una vez leí a Keith Johnstone, uno de los grandes referentes de la improvisación teatral, y recordé su idea de que la espontaneidad aparece cuando el actor deja de intentar controlar el futuro y se entrega a lo que sucede. En Impermanente, esa idea parece tomar cuerpo. Cada intérprete escucha, acepta, transforma y propone. Nada está asegurado, pero nada parece librado al azar. Detrás de la frescura hay entrenamiento; detrás del juego, disciplina; detrás de la risa o del drama que surge en escena, hay oficio.Y en ese oficio se destacan sus improvisadores, actores y actrices, todos al mismo nivel, brillando por igual. Quimey, Tahiel, Matías, Rebeca, Elías, Lucas y Sebas construyen desde el juego una clase de escucha escénica, presencia, disponibilidad y construcción colectiva, herramientas fundamentales para cualquier actor o actriz. Porque actuar no es solo decir un texto o ocupar un lugar en escena: actuar también es escuchar, ceder, sostener, proponer, mirar al otro y confiar.
Cada uno aporta una energía distinta, una técnica visual única, una forma particular de habitar el espacio y de alimentar la escena. Ninguno busca imponerse por encima del otro. Por el contrario, se percibe una conciencia grupal muy precisa: saben cuándo avanzar, cuándo acompañar, cuándo sostener el silencio, cuándo transformar una situación mínima en un momento teatral potente. Esa generosidad escénica es una de las grandes virtudes del elenco.
Los propios integrantes lo explican: entrenan actuación, dramaturgia, conciencia espacial, vínculo entre actores y técnicas específicas de la impro. Y eso se nota. Impermanente tiene sus propias reglas, su estética particular y una exigencia que no siempre se percibe desde afuera: la de construir juntos sin que se vean las costuras.
El concepto de impermanencia atraviesa toda la experiencia. Algo nace hoy y muere hoy. Una historia aparece, existe durante una hora y después desaparece para siempre. Pero entonces surge la pregunta: ¿dejan de ser reales las cosas cuando dejan de existir? Tal vez el teatro, y sobre todo este tipo de teatro, nos demuestra lo contrario. Lo que sucede una sola vez no es menos verdadero; quizás, justamente por irrepetible, se vuelve más intenso.No es la primera propuesta que veo de JOPARA TEATRO, y cada función a la que asisto me sorprende un poco más. La improvisación abre mil y una posibilidades, pero no cualquiera puede habitarlas con profundidad. En Resistencia, tener un grupo que trabaja la impro con este nivel de entrega, precisión y búsqueda es un privilegio.
Adriana y Franco están abriendo un camino en Resistencia porque no solo dirigen una obra: están impulsando una forma de entender la improvisación como lenguaje escénico serio, sensible y profundamente teatral. Están formando públicos, ampliando la mirada sobre lo que la impro puede ser y demostrando que la espontaneidad también puede tener poética, estructura, técnica y emoción.
Desde el trabajo de cada improvisador hasta la dirección de quienes están al frente, se perciben excelencia, escucha y una enorme disciplina escénica. Por eso, es momento de acompañar. De estar presentes cada vez que JOPARA esté en escena. Porque lo que sucede ahí no se repite, pero deja huella.
Impermanente recuerda que el teatro es un ritual: sucede ahí, en vivo, entre actores y público. Empieza y termina en ese momento. Y, sin embargo, algo queda. Porque aunque la historia no vuelva a repetirse, la experiencia permanece en quien la vio.








