domingo, 12 de julio de 2026

"Carta para no llorar": cuando el teatro encuentra el valor de decir aquello que tantas veces callamos...

Por Nicko Stea.

Hay obras que buscan entretener. Otras, emocionar. Y existen algunas, muy pocas, que logran algo mucho más difícil: hacer que el espectador se encuentre consigo mismo. Carta para no llorar pertenece a ese grupo.

Desde el instante en que comienza la función, la puesta deja en claro cuál será su lenguaje. No hay música que conduzca las emociones ni recursos sonoros que indiquen cómo debemos sentir. Solo existe el silencio. Un silencio que, lejos de incomodar, se convierte en el primer gran acierto de la propuesta. Porque ese vacío sonoro obliga a escuchar lo verdaderamente importante: la respiración, las pausas, las palabras y, sobre todo, aquello que los personajes no se animan a decir.

Matías Caballero y Juan Cruz Segovia, nombrados simplemente como Personaje 1 y Personaje 2, sostienen la escena con una interpretación profundamente honesta. A través de fragmentos de cartas, el texto va revelando una amistad que esconde sentimientos mucho más profundos de lo que aparenta. Dos personas que se aman, cada una desde un lugar distinto, pero atravesadas por un miedo idéntico: que decir la verdad signifique perderlo todo.

La dramaturgia construye ese universo con paciencia. No busca respuestas rápidas ni golpes bajos. Prefiere dejar que cada palabra encuentre su peso y que cada silencio complete aquello que el texto decide no explicar. Cuando finalmente ambos personajes se encuentran, el abrazo que comparten tiene una potencia conmovedora precisamente porque fue preparado con delicadeza.

Hubo una frase que quedó resonando mucho después de terminada la función:

"Cuando me veas ser libre... cuando me veas ser yo."

En ese instante comprendí que la obra dejaba de hablar únicamente de esos dos personajes. Empezaba a hablar de todos nosotros. Porque ¿quién no sintió alguna vez miedo de amar? ¿Quién no eligió callar por temor a perder una amistad, un vínculo o la aceptación de los demás? Carta para no llorar habla del amor, sí, pero sobre todo habla de la libertad de habitar nuestra propia identidad.

Las actuaciones encuentran uno de sus mayores aciertos en la verdad de la mirada. Stanislavski sostenía que "los ojos son el espejo del alma", y pocas veces esa idea encuentra una traducción tan clara sobre un escenario. Los ojos de Matías y Juan Cruz comunican aquello que incluso sus cuerpos deciden guardar. Hay una transparencia emocional que vuelve imposible apartar la vista de ellos.

La escenografía también acompaña con inteligencia el relato. Los retazos de hojas, papeles y cartas construyen un espacio cargado de memoria, donde cada elemento parece contener una historia aún por descubrir. No se trata de una escenografía espectacular, sino de una profundamente significativa. Todo dialoga con el universo de la obra.

Y resulta inevitable detenerse en un detalle que adquiere un enorme valor simbólico. En una época dominada por la inteligencia artificial, los mensajes instantáneos y las redes sociales, la obra rescata el gesto íntimo de escribir una carta a mano. Recupera el tiempo de pensar cada palabra, de corregir, de tachar, de volver a empezar. Recupera el valor de escribir con el corazón antes que con la urgencia.

El cierre añade una capa más de emoción cuando su joven directora, May, comparte con el público que la historia representada nace de una experiencia personal. De pronto, cada silencio, cada carta y cada abrazo encuentran una explicación aún más profunda. El teatro se convierte entonces en un acto de enorme valentía: transformar la propia historia en una historia capaz de abrazar a otros.

Peter Brook escribió que "el teatro sucede cuando alguien cruza un espacio vacío mientras otra persona lo observa". Pero obras como Carta para no llorar nos recuerdan que el verdadero acontecimiento teatral ocurre cuando, en ese espacio compartido, alguien se anima a contar su verdad y el público descubre, con sorpresa, que esa verdad también le pertenece.

Celebro al Grupo Contraste por elegir contar estas historias. Porque todavía hace falta un teatro que se anime a hablar del amor sin etiquetas, de la identidad sin discursos y de la vulnerabilidad sin miedo. Hace falta un teatro que no busque respuestas fáciles, sino preguntas que permanezcan mucho después de los aplausos.

Y celebro profundamente que existan artistas jóvenes que comprendan que el escenario no solo puede ser un lugar para representar personajes, sino también un espacio donde transformar las heridas en belleza y la memoria en un abrazo colectivo.

Porque al final, Carta para no llorar no pretende evitar las lágrimas. Las acepta. Las abraza. Y nos recuerda que quizá solo cuando nos permitimos sentir sin miedo empezamos, verdaderamente, a ser libres.




LA DESGRACIA: Cuando el teatro musical deja de ser un género y se convierte en una experiencia...

 Por Nicko Stea.


Hay noches en las que uno sale del teatro pensando en una escena. Otras, recordando una canción. Algunas, repasando una actuación en particular.

Y después están esas funciones de las que uno sale con la certeza de haber presenciado un verdadero acontecimiento artístico.

Eso fue, para mí, La Desgracia, la nueva propuesta del Grupo Folio presentada en Sala 88.

No exagero cuando digo que hacía tiempo no veía una producción independiente de teatro musical tan consciente de sí misma. No solo por la calidad de sus intérpretes o por el despliegue escénico, sino porque detrás de cada decisión existe una idea clara de espectáculo. Nada parece estar librado al azar.

Peter Brook, en El espacio vacío, sostiene que el teatro solo existe cuando alguien atraviesa un espacio mientras otro lo observa. Sin embargo, también afirma que ese acontecimiento necesita una verdad que trascienda la mera representación para convertirse en experiencia. Justamente allí encuentro uno de los mayores méritos de La Desgracia: nunca parece un grupo de personas interpretando una obra. Lo que sucede sobre el escenario tiene vida propia, respira y establece un diálogo permanente con el público.

Desde el comienzo queda claro que la dirección sabe perfectamente hacia dónde quiere conducir la historia.

Los jóvenes Joaquín Leiva y Juliana Stella demuestran una madurez artística que sorprende. No se limitan a ordenar escenas; construyen un universo. Hay una mirada estética definida, un ritmo cuidadosamente pensado y una coherencia que atraviesa absolutamente toda la puesta.

Dirigir teatro musical implica resolver simultáneamente actuación, música, danza, tiempos dramáticos, composición espacial y energía colectiva. Es probablemente uno de los desafíos más complejos dentro de las artes escénicas. Y justamente por eso resulta tan valioso el trabajo realizado aquí.

Si este espectáculo representa el presente de ambos directores, no puedo evitar pensar que su futuro dentro del teatro chaqueño puede ser enorme.

Uno de los mayores aciertos aparece en el trabajo del elenco.

Sobre el escenario conviven cantantes, bailarines, actores y actrices provenientes de distintas formaciones. Lejos de notarse como una suma de individualidades, esas diferencias enriquecen la propuesta. Cada disciplina aporta su lenguaje y, al fusionarse con las demás, genera una identidad propia.

En el teatro musical suele decirse que el verdadero intérprete no actúa, no canta y no baila por separado: cuenta una misma historia utilizando los tres lenguajes al mismo tiempo. Eso sucede constantemente en La Desgracia. Ningún recurso aparece como exhibición técnica; todos están puestos al servicio del relato.

El resultado es un espectáculo dinámico, intenso y profundamente vivo.

Mención especial merece el enorme trabajo colectivo.

Muchas veces el espectador recuerda únicamente a quienes ocupan el centro de la escena. Sin embargo, en esta producción vale la pena observar también lo que sucede alrededor. Cada desplazamiento, cada mirada, cada entrada, cada transición parece responder a una misma respiración grupal.

Eso solo puede lograrse mediante muchas horas de ensayo y una enorme confianza entre quienes integran el elenco.

El humor constituye otro de los grandes hallazgos de la obra.

En tiempos donde muchas propuestas confunden irreverencia con exageración, La Desgracia encuentra un equilibrio admirable. Su humor es filoso, inteligente y oportuno. Se permite incomodar, ironizar y provocar la risa sin caer nunca en la vulgaridad gratuita ni en el absurdo por el absurdo.

Es una comedia que respeta la inteligencia del espectador.

Y eso siempre se agradece.

Quiero detenerme también en la adaptación del clásico de Juan Martín Delgado.

Adaptar una obra nunca significa copiarla.

Implica dialogar con ella.

Implica comprender qué elementos pertenecen a su esencia y cuáles pueden resignificarse para otro tiempo, otro elenco y otro contexto.

Aquí sucede exactamente eso.

La adaptación conserva el espíritu de la obra original, pero construye una personalidad propia. No busca imitar. Busca decir algo nuevo.

Y lo consigue.

Incluso me animo a afirmar que, en determinados momentos, la potencia de esta versión supera aquello que uno recuerda del material original, precisamente porque encuentra una voz contemporánea y profundamente honesta.

También merece una mención especial la participación de Julieta Cajal.

Con una extensa trayectoria dentro del teatro chaqueño, resulta interesante verla asumir un rol dentro de un elenco joven y en una propuesta de teatro musical. Su presencia aporta experiencia escénica y demuestra una disposición a explorar otros registros interpretativos. Lejos de buscar destacarse por encima del conjunto, se integra al funcionamiento coral del espectáculo y contribuye a la solidez del elenco.

Y quizás allí aparezca una de las mayores virtudes de La Desgracia.

No existen protagonistas absolutos.

El verdadero protagonista es el grupo.

Cada intérprete sostiene al otro.

Cada escena potencia la siguiente.

Cada elemento trabaja para construir una experiencia común.

Al finalizar la función comprendí que esa era la sensación que me había acompañado durante toda la noche.

No estaba viendo simplemente una obra musical.

Estaba presenciando el trabajo de una generación de artistas que entiende que el teatro sigue siendo un acto profundamente colectivo.

En una época donde muchas veces se privilegia el lucimiento individual, Grupo Folio recuerda algo esencial: el mejor teatro nace cuando todos cuentan la misma historia.

Y vaya si la cuentan bien.

La Desgracia no solo confirma el gran momento creativo que atraviesa el teatro independiente de nuestra provincia.

También demuestra que existen elencos capaces de ofrecer espectáculos que nada tienen que envidiarles a producciones de mayor presupuesto.

Porque cuando hay dirección, compromiso, sensibilidad, disciplina y amor por el escenario, el tamaño de la sala deja de importar.

Lo único que importa es lo que ocurre cuando se apagan las luces.

Y en Sala 88, ocurrió algo extraordinario.

lunes, 6 de julio de 2026

ORSAI: cuando el silencio grita más fuerte que un gol


Por Nicko Stea.

Hay algo profundamente estimulante cuando un grupo de jóvenes decide hacer teatro sin subestimar a su público. ORSAI, del grupo Folio, es una muestra de ello. Un elenco integrado por jóvenes actores, bajo la dirección de un joven director, construye una propuesta con una mirada fresca, valiente y sensible sobre realidades que, desde afuera, solemos creer normales, pero que esconden universos mucho más complejos de lo que imaginamos.

La experiencia comienza incluso antes de que la obra empiece. El espacio ya nos recibe con un cuarto desordenado, impregnado de olor a cigarrillo. Esteban permanece tirado sobre la cama mirando un partido del Mundial. Y ese detalle no es menor: la historia transcurre en pleno Mundial, mientras nosotros, como espectadores, veníamos de celebrar un triunfo de Argentina. Todo parecía conspirar para que la ficción y la realidad se abrazaran por un instante.

De pronto, algo cambia. Ese muchacho que parecía relajado comienza a mostrarse inquieto. Mira la hora, espera, se pone nervioso. Los golpes en la puerta terminan de romper la aparente calma. Entra Chivo, su amigo, el único invitado a compartir el partido. Papas fritas, una conservadora con cervezas, dos amigos reunidos para ver fútbol. Todo parece cotidiano. Todo parece conocido.

Pero lentamente empiezan a aparecer pequeñas grietas. Miradas que duran un segundo más de lo esperado. Silencios incómodos. Formas de hablarse que esconden mucho más de lo que dicen. El insulto típico entre amigos ya no suena solamente como una broma. Hay algo que empieza a incomodar.

No voy a mentir: al principio yo también me sentí incómodo. Y, lejos de ser un defecto, comprendí que esa era una de las mayores virtudes de la puesta. Como sostenía Bertolt Brecht, el teatro no siempre debe ofrecer comodidad al espectador; muchas veces necesita sacudirlo, generar distancia y obligarlo a reflexionar. Esa incomodidad inicial no busca expulsarnos de la historia, sino invitarnos a mirar más allá de lo evidente.

La tensión crece con cada minuto. Los cuerpos empiezan a decir aquello que las palabras todavía no se animan. Hay acercamientos que parecen casuales, pero no lo son. Hay silencios que pesan más que cualquier diálogo. Y, poco a poco, las verdades comienzan a filtrarse entre las bromas, los empujones y los insultos afectuosos que tantas veces escuchamos entre amigos.

El partido también juega su propio papel. El gol se celebra con una euforia desbordante, casi como una excusa para abrazarse sin tener que explicar demasiado. La derrota parcial, en cambio, deja un silencio que parece abrir una puerta hacia otro tipo de conversación. Mientras esperan el comienzo del segundo tiempo, uno permanece en el baño y el otro en la habitación. La distancia física entre ambos, paradójicamente, los acerca emocionalmente.

Es allí donde la obra deja de hablar de fútbol para empezar a hablar de ellos. De dos jóvenes que parecen debatirse entre el afecto, el deseo y todo aquello que aprendieron que no debía sentirse. Lo que hasta ese momento parecía una simple amistad comienza a revelar otra dimensión: una atracción reprimida, un vínculo que excede el compañerismo y que lucha por salir a la luz en un contexto donde la masculinidad todavía carga con demasiados mandatos.

Y ahí entendí por qué la obra me había incomodado desde el comienzo. No era por lo que veía sobre el escenario, sino porque me obligaba a revisar cuántas veces, como sociedad, confundimos la sensibilidad con debilidad, el cariño con sospecha o el deseo con vergüenza. ORSAI no juzga a sus personajes; simplemente les da el espacio para existir. Y en esa decisión radica gran parte de su potencia.

Y es ahí donde todo explota.

Las bromas dejan de ser bromas. Los juegos de "machos" se vuelven un campo de batalla. Los reclamos por esa chica que, curiosamente, les gusta a los dos, empiezan a sonar más como una excusa que como el verdadero conflicto. Hay empujones, golpes, insultos, orgullo herido... y, de fondo, otro gol que se grita con la misma intensidad con la que intentan callar aquello que ya es imposible esconder.

Hasta que sucede. Un beso.

Inesperado para algunos, inevitable para otros. Un beso que no busca escandalizar ni provocar. Un beso que termina de nombrar aquello que durante toda la obra se había insinuado en las miradas, en los silencios, en las distancias cada vez más cortas entre ambos. Esa amistad que parecía tan genuina también estaba atravesada por un deseo que ninguno de los dos sabía (o podía) poner en palabras.

Y entonces todo se rompe.

O, tal vez, recién ahí empieza a reconstruirse.

No voy a contar cómo termina ORSAI. Sería injusto con quienes todavía tienen la posibilidad de encontrarse con esta historia. Solo voy a decir que su desenlace me conmovió profundamente. Me encontré con lágrimas que no esperaba y con una enorme gratitud por haber presenciado un trabajo realizado con tanta sensibilidad, honestidad y talento.

El grupo Folio demuestra que el teatro joven tiene mucho para decir. Que no hace falta una gran producción para construir una gran experiencia. Alcanzan una buena historia, actuaciones comprometidas, una dirección inteligente y el enorme coraje de hablar de aquello que muchas veces preferimos callar.

"Mirar un partido del Mundial puede ser un momento tenso, sobre todo cuando nadie se anima a patear el primer penal. Por suerte, siempre que haya cervezas, fútbol y tu mejor amigo, no hace falta nada más."

Así se presenta ORSAI, una obra del grupo de teatro independiente Folio, basada en el texto original "Orsai – La Regla 11", de Ezequiel Arévalo, también director.

Una sinopsis que parece hablarnos de fútbol, pero que en realidad nos invita a entrar en una historia profundamente humana, sensible y valiente.

Quiero destacar especialmente el enorme trabajo de sus protagonistas: Alejandro Verbek y Joaquín Leiva. Ambos construyen personajes de una gran verdad escénica, sosteniendo con naturalidad una relación cargada de matices, silencios, contradicciones y emociones. Sus actuaciones logran que el espectador transite junto a ellos ese delicado camino entre la amistad, el deseo, los mandatos y la vulnerabilidad, sin caer nunca en golpes bajos ni estereotipos. Detrás de ese trabajo también se percibe la mirada sensible de un joven director y de un equipo que entiende que el teatro puede ser un espacio para abrir preguntas más que para ofrecer respuestas.

Esta fue la última función de ORSAI en su formato teatral. Al finalizar la función, Ale, uno de sus actores, nos adelantó una noticia que entusiasma: la historia tendrá una nueva vida como cortometraje. Y celebro esa decisión. Porque hay relatos que merecen seguir encontrando espectadores, seguir generando preguntas y seguir invitándonos a mirar más allá de nuestros propios prejuicios.

Si querés colaborar para que ese proyecto sea posible, seguí en Instagram a TOMA 21 PRODUCCIONES. Allí vas a encontrar toda la información sobre cómo aportar y ser parte de esta nueva etapa.

Porque cuando el arte nace desde la honestidad, merece seguir encontrando caminos para existir.

Gracias por recordarnos que el teatro sigue siendo ese lugar donde una habitación desordenada, un partido del Mundial, dos cervezas y noventa minutos de fútbol pueden convertirse en la excusa perfecta para hablar de amor, de identidad, de miedo y de libertad.

domingo, 5 de julio de 2026

Hugo Blotta: el legado que nunca baja el telón.

 Por Nicko Stea 


Hay personas que hacen teatro. Y hay otras que hacen posible que el teatro exista.

Cada 5 de julio, inevitablemente, la memoria vuelve a Hugo Blotta. Y no vuelve solamente al actor, al director, al dramaturgo o al gestor cultural. Vuelve al hombre que entendió que el teatro era mucho más que un escenario: era una forma de vivir, de resistir, de construir comunidad y de abrazar a los demás.

Hablar de Hugo es hablar de la historia del teatro independiente del Chaco. Es hablar de Sala 88, ese espacio que nació de un sueño enorme y de una voluntad todavía más grande. Un lugar levantado con trabajo, sacrificio y convicción, donde generaciones enteras encontraron una casa, un maestro, una oportunidad y una familia.

Pero desde este espacio, desde MIRO TEATRO, no quiero detenerme solamente en el enorme referente cultural que fue. Quiero recordar al Hugo que conocí.

Nuestra relación siempre fue especial. Como ocurre entre personas apasionadas por lo que hacen, compartimos acuerdos, diferencias, discusiones, risas y muchísimas conversaciones. Nunca fue una relación superficial; siempre estuvo atravesada por el respeto mutuo y por ese amor inmenso que ambos sentíamos por el teatro.

Y si hoy tengo que elegir qué imagen guardar de él, no pienso en un estreno, ni en un aplauso, ni siquiera en una reunión de gestión. Pienso en un gesto.

Durante la pandemia, cuando el mundo parecía haberse detenido y el teatro buscaba desesperadamente la manera de seguir respirando detrás de una pantalla, yo estaba dando clases virtuales. Sentía que mis estudiantes necesitaban escuchar a alguien que les hablara desde la experiencia, desde la pasión y desde la esperanza. Le escribí a Hugo para preguntarle si podía regalarles una charla.

Su respuesta fue inmediata.

No preguntó cuánto duraría, ni qué ganaba con eso. Simplemente dijo que sí.

Entró a esa clase con la misma entrega con la que entraba a una sala de ensayo. Les habló de teatro, de compromiso, de trabajo colectivo, de perseverancia. Compartió anécdotas, respondió preguntas y dejó en cada uno de nosotros una huella imborrable.

Mis alumnos vivieron una experiencia inolvidable.

Y yo entendí, una vez más, por qué Hugo era quien era.

Porque la generosidad nunca fue un discurso para él. Era una manera de vivir.

También tuve la enorme fortuna de trabajar bajo su dirección en La Fiaca. Allí encontré algo que siempre le voy a agradecer: la libertad. Hugo dirigía sin apagar al actor. Escuchaba, proponía, desafiaba y confiaba. Te empujaba a encontrar tu propia voz. Ese tipo de directores no abundan.

Recuerdo también el incendio de Sala 88. Creo que nunca voy a olvidar sus lágrimas. Ver a un hombre que había levantado ese espacio ladrillo por ladrillo contemplar cómo el fuego consumía tantos años de trabajo fue una de las imágenes más dolorosas que me tocó vivir. Ese día sentí que era nuestro turno de abrazarlo a él. Porque si durante décadas había sostenido a tantos artistas, ahora nos tocaba a nosotros sostenerlo.

Y, como tantas veces había enseñado, volvió a hacer lo imposible.

Sala 88 renació.

Porque Hugo nunca entendió el teatro como un edificio. Lo entendía como una comunidad. Y mientras existiera esa comunidad, siempre habría una nueva función por empezar.

Eso es, quizás, lo más extraordinario de su legado.

No nos dejó solamente obras, salas, festivales o proyectos. Nos dejó una forma de hacer teatro. Nos enseñó que la cultura se defiende trabajando. Que ningún artista crece solo. Que el compañero siempre importa. Que hay que gestionar, pelear, insistir, construir y volver a empezar todas las veces que haga falta.

Nos enseñó, como decía él, a hacer "la heroica".

Desde MIRO TEATRO, un espacio que nació para mirar, contar y celebrar el teatro de nuestra región, siento que recordar a Hugo también es asumir una responsabilidad: la de seguir contando estas historias para que las nuevas generaciones sepan quiénes fueron las personas que hicieron posible que hoy existan escenarios donde actuar, aprender y soñar.

Porque los referentes nunca mueren mientras alguien siga pronunciando su nombre.

Y Hugo Blotta seguirá apareciendo en cada ensayo que termina tarde, en cada sala independiente que abre sus puertas, en cada estreno lleno de nervios, en cada estudiante que descubre por primera vez la magia del teatro y en cada artista que decide quedarse, aun cuando parezca más fácil abandonar.

Hoy no lo recordamos desde la tristeza solamente. Lo recordamos desde una inmensa gratitud.

Gracias, Hugo, por tu tiempo, por tus enseñanzas, por las oportunidades, por los debates, por la confianza y por ese gesto tan simple como enorme de haber dicho "sí" cuando te pedí que acompañaras a mis alumnos. Hay gestos que parecen pequeños, pero terminan marcando una vida. Ese quedará para siempre guardado en mi corazón.

Y quiero terminar enviando un abrazo inmenso a sus hijas y su esposa. Gracias por haber compartido a Hugo con toda la comunidad teatral durante tantos años. Sabemos que muchas veces el teatro les robó tiempo de familia, pero también sabemos que ustedes fueron el refugio, la fuerza y el sostén que hicieron posible tantos sueños.

Mi cariño también es para cada integrante de Sala 88, para quienes siguen levantando ese telón con el mismo amor, la misma convicción y el mismo espíritu que él sembró. Cuiden ese legado como lo vienen haciendo, porque allí sigue latiendo una parte de Hugo.

Estoy seguro de que, cada vez que se apagan las luces de la sala y el silencio anuncia el comienzo de una función, en algún rincón, con esa sonrisa pícara y esa voz inconfundible, él todavía nos susurra:

"Vermouth con papas fritas ... Y good show!"


Y entonces, una vez más... el teatro vuelve a empezar.

"Carta para no llorar": cuando el teatro encuentra el valor de decir aquello que tantas veces callamos...

Por Nicko Stea. Hay obras que buscan entretener. Otras, emocionar. Y existen algunas, muy pocas, que logran algo mucho más difícil: hacer qu...