Por Nicko Stea
Hay personas que hacen teatro. Y hay otras que hacen posible que el teatro exista.
Cada 5 de julio, inevitablemente, la memoria vuelve a Hugo Blotta. Y no vuelve solamente al actor, al director, al dramaturgo o al gestor cultural. Vuelve al hombre que entendió que el teatro era mucho más que un escenario: era una forma de vivir, de resistir, de construir comunidad y de abrazar a los demás.
Hablar de Hugo es hablar de la historia del teatro independiente del Chaco. Es hablar de Sala 88, ese espacio que nació de un sueño enorme y de una voluntad todavía más grande. Un lugar levantado con trabajo, sacrificio y convicción, donde generaciones enteras encontraron una casa, un maestro, una oportunidad y una familia.
Pero desde este espacio, desde MIRO TEATRO, no quiero detenerme solamente en el enorme referente cultural que fue. Quiero recordar al Hugo que conocí.
Nuestra relación siempre fue especial. Como ocurre entre personas apasionadas por lo que hacen, compartimos acuerdos, diferencias, discusiones, risas y muchísimas conversaciones. Nunca fue una relación superficial; siempre estuvo atravesada por el respeto mutuo y por ese amor inmenso que ambos sentíamos por el teatro.
Y si hoy tengo que elegir qué imagen guardar de él, no pienso en un estreno, ni en un aplauso, ni siquiera en una reunión de gestión. Pienso en un gesto.
Durante la pandemia, cuando el mundo parecía haberse detenido y el teatro buscaba desesperadamente la manera de seguir respirando detrás de una pantalla, yo estaba dando clases virtuales. Sentía que mis estudiantes necesitaban escuchar a alguien que les hablara desde la experiencia, desde la pasión y desde la esperanza. Le escribí a Hugo para preguntarle si podía regalarles una charla.
Su respuesta fue inmediata.
No preguntó cuánto duraría, ni qué ganaba con eso. Simplemente dijo que sí.
Entró a esa clase con la misma entrega con la que entraba a una sala de ensayo. Les habló de teatro, de compromiso, de trabajo colectivo, de perseverancia. Compartió anécdotas, respondió preguntas y dejó en cada uno de nosotros una huella imborrable.
Mis alumnos vivieron una experiencia inolvidable.
Y yo entendí, una vez más, por qué Hugo era quien era.
Porque la generosidad nunca fue un discurso para él. Era una manera de vivir.
También tuve la enorme fortuna de trabajar bajo su dirección en La Fiaca. Allí encontré algo que siempre le voy a agradecer: la libertad. Hugo dirigía sin apagar al actor. Escuchaba, proponía, desafiaba y confiaba. Te empujaba a encontrar tu propia voz. Ese tipo de directores no abundan.
Recuerdo también el incendio de Sala 88. Creo que nunca voy a olvidar sus lágrimas. Ver a un hombre que había levantado ese espacio ladrillo por ladrillo contemplar cómo el fuego consumía tantos años de trabajo fue una de las imágenes más dolorosas que me tocó vivir. Ese día sentí que era nuestro turno de abrazarlo a él. Porque si durante décadas había sostenido a tantos artistas, ahora nos tocaba a nosotros sostenerlo.
Y, como tantas veces había enseñado, volvió a hacer lo imposible.
Sala 88 renació.
Porque Hugo nunca entendió el teatro como un edificio. Lo entendía como una comunidad. Y mientras existiera esa comunidad, siempre habría una nueva función por empezar.
Eso es, quizás, lo más extraordinario de su legado.
No nos dejó solamente obras, salas, festivales o proyectos. Nos dejó una forma de hacer teatro. Nos enseñó que la cultura se defiende trabajando. Que ningún artista crece solo. Que el compañero siempre importa. Que hay que gestionar, pelear, insistir, construir y volver a empezar todas las veces que haga falta.
Nos enseñó, como decía él, a hacer "la heroica".
Desde MIRO TEATRO, un espacio que nació para mirar, contar y celebrar el teatro de nuestra región, siento que recordar a Hugo también es asumir una responsabilidad: la de seguir contando estas historias para que las nuevas generaciones sepan quiénes fueron las personas que hicieron posible que hoy existan escenarios donde actuar, aprender y soñar.
Porque los referentes nunca mueren mientras alguien siga pronunciando su nombre.
Y Hugo Blotta seguirá apareciendo en cada ensayo que termina tarde, en cada sala independiente que abre sus puertas, en cada estreno lleno de nervios, en cada estudiante que descubre por primera vez la magia del teatro y en cada artista que decide quedarse, aun cuando parezca más fácil abandonar.
Hoy no lo recordamos desde la tristeza solamente. Lo recordamos desde una inmensa gratitud.
Gracias, Hugo, por tu tiempo, por tus enseñanzas, por las oportunidades, por los debates, por la confianza y por ese gesto tan simple como enorme de haber dicho "sí" cuando te pedí que acompañaras a mis alumnos. Hay gestos que parecen pequeños, pero terminan marcando una vida. Ese quedará para siempre guardado en mi corazón.
Y quiero terminar enviando un abrazo inmenso a sus hijas y su esposa. Gracias por haber compartido a Hugo con toda la comunidad teatral durante tantos años. Sabemos que muchas veces el teatro les robó tiempo de familia, pero también sabemos que ustedes fueron el refugio, la fuerza y el sostén que hicieron posible tantos sueños.
Mi cariño también es para cada integrante de Sala 88, para quienes siguen levantando ese telón con el mismo amor, la misma convicción y el mismo espíritu que él sembró. Cuiden ese legado como lo vienen haciendo, porque allí sigue latiendo una parte de Hugo.
Estoy seguro de que, cada vez que se apagan las luces de la sala y el silencio anuncia el comienzo de una función, en algún rincón, con esa sonrisa pícara y esa voz inconfundible, él todavía nos susurra:
"Vermouth con papas fritas ... Y good show!"
Y entonces, una vez más... el teatro vuelve a empezar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario