lunes, 6 de julio de 2026

ORSAI: cuando el silencio grita más fuerte que un gol


Por Nicko Stea.

Hay algo profundamente estimulante cuando un grupo de jóvenes decide hacer teatro sin subestimar a su público. ORSAI, del grupo Folio, es una muestra de ello. Un elenco integrado por jóvenes actores, bajo la dirección de un joven director, construye una propuesta con una mirada fresca, valiente y sensible sobre realidades que, desde afuera, solemos creer normales, pero que esconden universos mucho más complejos de lo que imaginamos.

La experiencia comienza incluso antes de que la obra empiece. El espacio ya nos recibe con un cuarto desordenado, impregnado de olor a cigarrillo. Esteban permanece tirado sobre la cama mirando un partido del Mundial. Y ese detalle no es menor: la historia transcurre en pleno Mundial, mientras nosotros, como espectadores, veníamos de celebrar un triunfo de Argentina. Todo parecía conspirar para que la ficción y la realidad se abrazaran por un instante.

De pronto, algo cambia. Ese muchacho que parecía relajado comienza a mostrarse inquieto. Mira la hora, espera, se pone nervioso. Los golpes en la puerta terminan de romper la aparente calma. Entra Chivo, su amigo, el único invitado a compartir el partido. Papas fritas, una conservadora con cervezas, dos amigos reunidos para ver fútbol. Todo parece cotidiano. Todo parece conocido.

Pero lentamente empiezan a aparecer pequeñas grietas. Miradas que duran un segundo más de lo esperado. Silencios incómodos. Formas de hablarse que esconden mucho más de lo que dicen. El insulto típico entre amigos ya no suena solamente como una broma. Hay algo que empieza a incomodar.

No voy a mentir: al principio yo también me sentí incómodo. Y, lejos de ser un defecto, comprendí que esa era una de las mayores virtudes de la puesta. Como sostenía Bertolt Brecht, el teatro no siempre debe ofrecer comodidad al espectador; muchas veces necesita sacudirlo, generar distancia y obligarlo a reflexionar. Esa incomodidad inicial no busca expulsarnos de la historia, sino invitarnos a mirar más allá de lo evidente.

La tensión crece con cada minuto. Los cuerpos empiezan a decir aquello que las palabras todavía no se animan. Hay acercamientos que parecen casuales, pero no lo son. Hay silencios que pesan más que cualquier diálogo. Y, poco a poco, las verdades comienzan a filtrarse entre las bromas, los empujones y los insultos afectuosos que tantas veces escuchamos entre amigos.

El partido también juega su propio papel. El gol se celebra con una euforia desbordante, casi como una excusa para abrazarse sin tener que explicar demasiado. La derrota parcial, en cambio, deja un silencio que parece abrir una puerta hacia otro tipo de conversación. Mientras esperan el comienzo del segundo tiempo, uno permanece en el baño y el otro en la habitación. La distancia física entre ambos, paradójicamente, los acerca emocionalmente.

Es allí donde la obra deja de hablar de fútbol para empezar a hablar de ellos. De dos jóvenes que parecen debatirse entre el afecto, el deseo y todo aquello que aprendieron que no debía sentirse. Lo que hasta ese momento parecía una simple amistad comienza a revelar otra dimensión: una atracción reprimida, un vínculo que excede el compañerismo y que lucha por salir a la luz en un contexto donde la masculinidad todavía carga con demasiados mandatos.

Y ahí entendí por qué la obra me había incomodado desde el comienzo. No era por lo que veía sobre el escenario, sino porque me obligaba a revisar cuántas veces, como sociedad, confundimos la sensibilidad con debilidad, el cariño con sospecha o el deseo con vergüenza. ORSAI no juzga a sus personajes; simplemente les da el espacio para existir. Y en esa decisión radica gran parte de su potencia.

Y es ahí donde todo explota.

Las bromas dejan de ser bromas. Los juegos de "machos" se vuelven un campo de batalla. Los reclamos por esa chica que, curiosamente, les gusta a los dos, empiezan a sonar más como una excusa que como el verdadero conflicto. Hay empujones, golpes, insultos, orgullo herido... y, de fondo, otro gol que se grita con la misma intensidad con la que intentan callar aquello que ya es imposible esconder.

Hasta que sucede. Un beso.

Inesperado para algunos, inevitable para otros. Un beso que no busca escandalizar ni provocar. Un beso que termina de nombrar aquello que durante toda la obra se había insinuado en las miradas, en los silencios, en las distancias cada vez más cortas entre ambos. Esa amistad que parecía tan genuina también estaba atravesada por un deseo que ninguno de los dos sabía (o podía) poner en palabras.

Y entonces todo se rompe.

O, tal vez, recién ahí empieza a reconstruirse.

No voy a contar cómo termina ORSAI. Sería injusto con quienes todavía tienen la posibilidad de encontrarse con esta historia. Solo voy a decir que su desenlace me conmovió profundamente. Me encontré con lágrimas que no esperaba y con una enorme gratitud por haber presenciado un trabajo realizado con tanta sensibilidad, honestidad y talento.

El grupo Folio demuestra que el teatro joven tiene mucho para decir. Que no hace falta una gran producción para construir una gran experiencia. Alcanzan una buena historia, actuaciones comprometidas, una dirección inteligente y el enorme coraje de hablar de aquello que muchas veces preferimos callar.

"Mirar un partido del Mundial puede ser un momento tenso, sobre todo cuando nadie se anima a patear el primer penal. Por suerte, siempre que haya cervezas, fútbol y tu mejor amigo, no hace falta nada más."

Así se presenta ORSAI, una obra del grupo de teatro independiente Folio, basada en el texto original "Orsai – La Regla 11", de Ezequiel Arévalo, también director.

Una sinopsis que parece hablarnos de fútbol, pero que en realidad nos invita a entrar en una historia profundamente humana, sensible y valiente.

Quiero destacar especialmente el enorme trabajo de sus protagonistas: Alejandro Verbek y Joaquín Leiva. Ambos construyen personajes de una gran verdad escénica, sosteniendo con naturalidad una relación cargada de matices, silencios, contradicciones y emociones. Sus actuaciones logran que el espectador transite junto a ellos ese delicado camino entre la amistad, el deseo, los mandatos y la vulnerabilidad, sin caer nunca en golpes bajos ni estereotipos. Detrás de ese trabajo también se percibe la mirada sensible de un joven director y de un equipo que entiende que el teatro puede ser un espacio para abrir preguntas más que para ofrecer respuestas.

Esta fue la última función de ORSAI en su formato teatral. Al finalizar la función, Ale, uno de sus actores, nos adelantó una noticia que entusiasma: la historia tendrá una nueva vida como cortometraje. Y celebro esa decisión. Porque hay relatos que merecen seguir encontrando espectadores, seguir generando preguntas y seguir invitándonos a mirar más allá de nuestros propios prejuicios.

Si querés colaborar para que ese proyecto sea posible, seguí en Instagram a TOMA 21 PRODUCCIONES. Allí vas a encontrar toda la información sobre cómo aportar y ser parte de esta nueva etapa.

Porque cuando el arte nace desde la honestidad, merece seguir encontrando caminos para existir.

Gracias por recordarnos que el teatro sigue siendo ese lugar donde una habitación desordenada, un partido del Mundial, dos cervezas y noventa minutos de fútbol pueden convertirse en la excusa perfecta para hablar de amor, de identidad, de miedo y de libertad.

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