Por Nicko Stea.
Y después están esas funciones de las que uno sale con la certeza de haber presenciado un verdadero acontecimiento artístico.
Eso fue, para mí, La Desgracia, la nueva propuesta del Grupo Folio presentada en Sala 88.
No exagero cuando digo que hacía tiempo no veía una producción independiente de teatro musical tan consciente de sí misma. No solo por la calidad de sus intérpretes o por el despliegue escénico, sino porque detrás de cada decisión existe una idea clara de espectáculo. Nada parece estar librado al azar.
Peter Brook, en El espacio vacío, sostiene que el teatro solo existe cuando alguien atraviesa un espacio mientras otro lo observa. Sin embargo, también afirma que ese acontecimiento necesita una verdad que trascienda la mera representación para convertirse en experiencia. Justamente allí encuentro uno de los mayores méritos de La Desgracia: nunca parece un grupo de personas interpretando una obra. Lo que sucede sobre el escenario tiene vida propia, respira y establece un diálogo permanente con el público.
Desde el comienzo queda claro que la dirección sabe perfectamente hacia dónde quiere conducir la historia.
Los jóvenes Joaquín Leiva y Juliana Stella demuestran una madurez artística que sorprende. No se limitan a ordenar escenas; construyen un universo. Hay una mirada estética definida, un ritmo cuidadosamente pensado y una coherencia que atraviesa absolutamente toda la puesta.
Dirigir teatro musical implica resolver simultáneamente actuación, música, danza, tiempos dramáticos, composición espacial y energía colectiva. Es probablemente uno de los desafíos más complejos dentro de las artes escénicas. Y justamente por eso resulta tan valioso el trabajo realizado aquí.
Si este espectáculo representa el presente de ambos directores, no puedo evitar pensar que su futuro dentro del teatro chaqueño puede ser enorme.
Uno de los mayores aciertos aparece en el trabajo del elenco.
Sobre el escenario conviven cantantes, bailarines, actores y actrices provenientes de distintas formaciones. Lejos de notarse como una suma de individualidades, esas diferencias enriquecen la propuesta. Cada disciplina aporta su lenguaje y, al fusionarse con las demás, genera una identidad propia.
En el teatro musical suele decirse que el verdadero intérprete no actúa, no canta y no baila por separado: cuenta una misma historia utilizando los tres lenguajes al mismo tiempo. Eso sucede constantemente en La Desgracia. Ningún recurso aparece como exhibición técnica; todos están puestos al servicio del relato.
El resultado es un espectáculo dinámico, intenso y profundamente vivo.
Mención especial merece el enorme trabajo colectivo.
Muchas veces el espectador recuerda únicamente a quienes ocupan el centro de la escena. Sin embargo, en esta producción vale la pena observar también lo que sucede alrededor. Cada desplazamiento, cada mirada, cada entrada, cada transición parece responder a una misma respiración grupal.
Eso solo puede lograrse mediante muchas horas de ensayo y una enorme confianza entre quienes integran el elenco.
El humor constituye otro de los grandes hallazgos de la obra.
En tiempos donde muchas propuestas confunden irreverencia con exageración, La Desgracia encuentra un equilibrio admirable. Su humor es filoso, inteligente y oportuno. Se permite incomodar, ironizar y provocar la risa sin caer nunca en la vulgaridad gratuita ni en el absurdo por el absurdo.
Es una comedia que respeta la inteligencia del espectador.
Y eso siempre se agradece.
Quiero detenerme también en la adaptación del clásico de Juan Martín Delgado.
Adaptar una obra nunca significa copiarla.
Implica dialogar con ella.
Implica comprender qué elementos pertenecen a su esencia y cuáles pueden resignificarse para otro tiempo, otro elenco y otro contexto.
Aquí sucede exactamente eso.
La adaptación conserva el espíritu de la obra original, pero construye una personalidad propia. No busca imitar. Busca decir algo nuevo.
Y lo consigue.
Incluso me animo a afirmar que, en determinados momentos, la potencia de esta versión supera aquello que uno recuerda del material original, precisamente porque encuentra una voz contemporánea y profundamente honesta.
También merece una mención especial la participación de Julieta Cajal.
Con una extensa trayectoria dentro del teatro chaqueño, resulta interesante verla asumir un rol dentro de un elenco joven y en una propuesta de teatro musical. Su presencia aporta experiencia escénica y demuestra una disposición a explorar otros registros interpretativos. Lejos de buscar destacarse por encima del conjunto, se integra al funcionamiento coral del espectáculo y contribuye a la solidez del elenco.
Y quizás allí aparezca una de las mayores virtudes de La Desgracia.
No existen protagonistas absolutos.
El verdadero protagonista es el grupo.
Cada intérprete sostiene al otro.
Cada escena potencia la siguiente.
Cada elemento trabaja para construir una experiencia común.
Al finalizar la función comprendí que esa era la sensación que me había acompañado durante toda la noche.
No estaba viendo simplemente una obra musical.
Estaba presenciando el trabajo de una generación de artistas que entiende que el teatro sigue siendo un acto profundamente colectivo.
En una época donde muchas veces se privilegia el lucimiento individual, Grupo Folio recuerda algo esencial: el mejor teatro nace cuando todos cuentan la misma historia.
Y vaya si la cuentan bien.
La Desgracia no solo confirma el gran momento creativo que atraviesa el teatro independiente de nuestra provincia.
También demuestra que existen elencos capaces de ofrecer espectáculos que nada tienen que envidiarles a producciones de mayor presupuesto.
Porque cuando hay dirección, compromiso, sensibilidad, disciplina y amor por el escenario, el tamaño de la sala deja de importar.
Lo único que importa es lo que ocurre cuando se apagan las luces.
Y en Sala 88, ocurrió algo extraordinario.

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