lunes, 6 de octubre de 2025

Las Hectáreas de Adelaida: Teatro que florece desde el interior.

 Por Nicko Stea.



Hay funciones que uno no olvida. No por la espectacularidad ni por los recursos escénicos, sino por algo más íntimo, más verdadero: por la emoción que despiertan. Las Hectáreas de Adelaida del grupo DESPLAZADOS pertenece a ese tipo de teatro que nace de la raíz, del trabajo colectivo, del amor por contar historias que nos representan.

Tuve la oportunidad de verla en el 46º Encuentro Provincial de Teatro, y aún me cuesta poner en palabras lo que generó en la sala. No solo fue una comedia entretenida —que lo es, y mucho—, sino también una bocanada de identidad, una celebración de lo que somos los del interior, con nuestras familias numerosas, nuestros enredos, nuestras risas y nuestras costumbres que, aunque el tiempo avance, se niegan a desaparecer.

La obra parte de una premisa sencilla: Adelaida, una anciana que padece extraños síntomas, mantiene en vilo a su familia. Pero el verdadero terremoto se desata cuando corre el rumor de que existen unas supuestas “hectáreas de Adelaida”, unas tierras que podrían cambiar la suerte de todos. Desde allí, todo se vuelve un torbellino de discusiones, sospechas, malentendidos y humor.


El texto, escrito con un oído atento al habla popular, retrata con ternura y picardía a esa familia disfuncional pero entrañable. Cada personaje está construido con un gran realismo, son figuras que uno reconoce enseguida, porque los hemos visto, porque los conocemos.

Esa capacidad de reflejar lo cotidiano, de poner en escena la esencia del pueblo, es uno de los grandes aciertos de la obra. No hay artificio ni pretensión: hay verdad. Y esa verdad se siente.

La puesta en escena es tan acertada como efectiva. No busca deslumbrar, sino representar con honestidad una casa de pueblo: el juego de comedor modesto, las telas colgadas, la tele vieja, la silleta cubierta de mantas. Todo está ahí, dispuesto con un cuidado que no pretende reconstruir un pasado, sino mantenerlo vivo.

Hay algo profundamente emotivo en ese escenario: es el retrato de una vida que muchos reconocemos. Esas familias que viven al ritmo de los vecinos, del mate compartido y del chisme que circula por la vereda. Esa sensación de comunidad que en las grandes ciudades parece desvanecerse, pero que en los pueblos todavía late con fuerza.

Y esa conexión con lo cotidiano es lo que hace que Las Hectáreas de Adelaida nos resulte tan cercana. Porque no solo nos reímos de los personajes; también nos reímos de nosotros mismos.

El elenco de Villa Ángela, dirigido por Darío Coria, logró un trabajo lleno de entrega y autenticidad. Se nota el compromiso de cada integrante, el tiempo dedicado a construir personajes que no caen en la caricatura, sino que se sienten vivos, reales.

Lo que más me conmovió fue ver la alegría y el orgullo con que este grupo subió al escenario. Al finalizar la función, el propio Coria compartió con el público que no fue fácil llegar hasta Resistencia: los viajes, los costos, las distancias, el esfuerzo. Pero ahí estaban, de pie, con la emoción a flor de piel y los ojos brillantes de quienes saben que lo han logrado.

Esa imagen me quedó grabada. Porque en cada aplauso se reconocía algo más que una buena función: se reconocía la lucha y la pasión de los artistas del interior, esos que muchas veces trabajan sin grandes recursos, pero con un amor inmenso por el teatro.

La obra se presenta como una comedia, y sin duda lo es. Hay momentos de un humor desopilante, de esos que contagian la risa colectiva en la sala. Pero también hay una mirada reflexiva, un subtexto que habla de la familia, del paso del tiempo, de los vínculos que nos atan y de cómo, a veces, el dinero o la herencia revelan lo más profundo (y lo más frágil) del ser humano.

Por momentos, recuerda a Esperando la carroza por su estructura coral, por ese caos tan humano en torno a una figura matriarcal. Pero Las Hectáreas de Adelaida tiene su propio pulso, su propia identidad: es una obra bien nuestra, con aroma a tierra y a verdad.

Más allá del argumento, Las Hectáreas de Adelaida deja una enseñanza enorme: el teatro del interior está vivo. Se sostiene con esfuerzo, con vocación, con la entrega silenciosa de artistas que no bajan los brazos, que viajan kilómetros con sus escenografías a cuestas, que ensayan en salas improvisadas, que lo hacen por amor al arte y por amor a su gente.

Como espectador, y también como alguien que viene del interior, me sentí profundamente identificado. Verlos en escena fue como verme a mí mismo, a mi gente, a mis raíces. Por eso, más allá de la risa, me fui con una emoción difícil de explicar.

Las Hectáreas de Adelaida no es solo una obra de teatro. Es un homenaje a nuestras familias, a nuestros pueblos, a nuestras costumbres. Es la prueba de que el humor puede ser también un acto de memoria y de resistencia.

Gracias al grupo de Villa Ángela por recordarnos que el teatro no necesita grandes luces para brillar. Que alcanza con la verdad, con el corazón y con esa magia que solo quienes aman lo que hacen pueden transmitir.

Ojalá sigamos conociendo más elencos del interior, porque en cada uno de ellos late una parte esencial del teatro argentino: la que se hace con las manos, con el alma y con la tierra.






El Hambre – Una mirada sobre los límites del deseo, la verdad y la supervivencia

Por Nicko Stea


En el marco del 46° Encuentro Provincial de Teatro, en la ciudad de Resistencia (Chaco) tuve la oportunidad de asistir a la obra El Hambre, producción del grupo Conmuta Teatro, con dramaturgia y dirección de Natalia Scarpin. Lejos de ofrecer una experiencia teatral convencional, la obra propone un viaje sensorial, psicológico y simbólico que mantiene al espectador en vilo desde el primer momento.

Desde que se encienden las primeras luces, El Hambre atrapa. Hay algo en el ritmo, en la cadencia de las palabras, en la presencia de los cuerpos que instala una tensión casi palpable. Esa sensación de inquietud, de peligro latente, recuerda al suspenso clásico cinematográfico —particularmente al de Alfred Hitchcock—, aunque aquí la tensión se construye a partir de la teatralidad: el espacio, la proximidad, la respiración compartida entre actores y público.

Scarpin maneja con maestría los tiempos dramáticos. No hay un segundo de más ni un silencio que no comunique. La acción avanza fragmentada, desordenada, como si la historia se resistiera a contarse de forma lineal. Y ese recurso —lejos de confundir— multiplica el interés. El espectador debe reconstruir la trama, completar los huecos, leer entre líneas.

El argumento parece sencillo: Silvia y César, dos hermanos, reciben la inesperada irrupción de Carmen en sus vidas. Sin embargo, nada es tan simple como parece. La llegada de ese tercer personaje altera un delicado equilibrio, expone heridas antiguas y revela deseos reprimidos. A medida que la trama avanza, lo que en un principio parecía una historia íntima se transforma en una experiencia inquietante, donde lo cotidiano se vuelve extraño y lo familiar, amenazante.

La obra interroga los límites del amor y del sacrificio. “A veces hay que hacer sacrificios por amor”, dice el texto, pero El Hambre se encarga de recordarnos que algunos sacrificios son tan profundos que terminan devorando a quien los realiza.

El diseño escenográfico y lumínico de la obra merece una mención aparte... Se crean atmósferas cambiantes, que acompañan y potencian el relato. La luz se convierte en un elemento narrativo más: ilumina lo que se quiere mostrar, pero también sugiere lo que se intenta ocultar.

El vestuario aporta otra capa de sentido. Lejos de ser un mero complemento, funciona como extensión de la psicología de los personajes. Los tonos, las texturas y los detalles contribuyen a construir un universo que oscila entre lo real y lo simbólico.

En cuanto a las actuaciones, el elenco compuesto por Laura Fernández Leyes, Paula Britez y Nicolás Mariano Rodríguez sostiene con gran solvencia el pulso de la obra. Cada uno logra una composición precisa, donde la verdad escénica surge del cuerpo, de la mirada y del gesto, más que del mero texto. La química entre ellos es tangible, y la dirección de actores acierta en lograr un equilibrio entre lo contenido y lo explosivo, entre lo íntimo y lo perturbador.

El texto de Scarpin se sostiene en una dramaturgia limpia, honesta y profundamente contemporánea. El Hambre no habla del hambre biológico, sino de un hambre existencial: la necesidad de llenar los vacíos con algo, aunque ese algo sea destructivo. Hambre de amor, de poder, de atención, de verdad.

Esa metáfora atraviesa toda la obra y se expande incluso más allá del escenario. Como espectadores, también sentimos hambre: de respuestas, de sentido, de certezas. Y cuando el telón cae, esa sensación persiste. El final —contundente pero abierto— nos deja una inquietud que no se disuelve fácilmente.

El Hambre es una pieza de teatro contemporáneo que no teme incomodar, que elige explorar las grietas de lo humano con una estética depurada y una narrativa envolvente. Es una propuesta que confirma el talento de Natalia Scarpin como creadora y directora, junto a Nicolas Fernández,  y la madurez artística de un elenco que se entrega con valentía a un material exigente.

Al salir de la sala, uno no puede evitar reflexionar sobre el título. Porque sí, El Hambre no es solo una condición física: es el motor que nos mueve, la falta que nos empuja, el vacío que intentamos llenar —a veces con amor, a veces con mentira—.

Y quizás, lo más poderoso de esta obra sea justamente eso: que nos deja con hambre de más.


Ficha técnica:

  • Dramaturgia y dirección: Natalia Scarpin
  • Actúan: Laura Fernández Leyes, Paula Britez, Nicolás Mariano Rodríguez
  • Asistencia de dirección: Nicolás Emmanuel Fernández
  • Iluminación: Kamikaze Aquino
  • Vestuario: Alejandra Escobar


domingo, 31 de agosto de 2025

Metamorfosis y Siniestro Erótico en RECREAR – Una noche, dos latidos del mismo teatro

 En RECREAR, ese refugio íntimo donde el teatro respira a centímetros del espectador, viví dos latidos distintos de una misma noche, dos pulsos escénicos que se entrelazaron para recordarme que el teatro, cuando se acerca tanto, no solo se mira: se habita, se siente en la piel.

El primero fue Metamorfosis, de y con Agustín Patiño, bajo la dirección de Rosa Melgarejo. Una persona se enfrenta con una nueva escena del crimen, con una historia negada, con una muerte más que se suma a tantas, y con un pasado que vuelve cargado de dolor. La pregunta atraviesa todo: ¿qué pasaría si tenés que esconder lo que sentís para que no te maten? Entonces estallan las palabras, primero como susurro y después como grito; palabras que se vomitan, que se desgarran, que se suicidan en la desesperación de no poder nombrar lo que duele.

Sobre el escenario, un maletín, unos guantes, objetos aparentemente corrientes pero que en las manos de Patiño arden de significado. Cada gesto abre memorias: la tierra de Formosa, el sabor amargo de un pomelo con gusanos, la nevada insólita de 2007, la fascinación por el primer muñeco de nieve. Son recuerdos que se cargan de una ternura inicial para teñirse, de pronto, con el dolor de ser distinto, con el rechazo, con la culpa que nunca debió ser. Su voz y su cuerpo nos quiebran, nos atraviesan, y cuando termina, lo único que queda es la necesidad de abrazarlo. No quiero decir más: cuando vuelva a escena, hay que vivirlo sin spoilers, con el corazón abierto para sentirlo en carne propia.

La segunda obra, Siniestro Erótico, escrita por Carina Noemberg, dirigida por Lucas García e interpretada por Florencia Castillo, irrumpe con otra temperatura, con otra cadencia. Aquí, una mujer harta de su rutina laboral decide emprender un nuevo camino, pero se enfrenta con una demanda judicial por un suceso inédito que coloca en el centro del debate la moral, el rol de la mujer y la sexualidad en nuestros días. Todo comienza con una mujer de negocios que dialoga con su médico, pero poco a poco las palabras se deslizan hacia un erotismo vibrante, cotidiano, tan presente en la vida como el café de la mañana, aunque aún incomode a muchos.

Florencia Castillo se apropia del escenario con humor filoso y delicioso, y transita con naturalidad de la docente agotada por la burocracia a la mujer encendida que se permite el deseo. Cada transformación es un desafío al público, una invita
ción a derribar prejuicios, hasta llegar a un final que es una bofetada de lucidez: la reinvención femenina solo es posible arrancando de raíz las ataduras morales que limitan la libertad del cuerpo y del deseo.

Una obra me hizo llorar, la otra me arrancó carcajadas, y juntas me recordaron que el teatro es ese viaje único en el que, si uno se deja llevar, sale transformado. En RECREAR, lo íntimo se vuelve universal y lo cercano se convierte en revelación: dos latidos distintos, pero un mismo corazón palpitando en escena.





Lo negro del roce en el cuerpo que habito – Cuerpos que existen, resisten y se hacen manifiesto

Lo negro del roce en el cuerpo que habito no es simplemente una performance breve: es un latido colectivo, un pulso que se enciende en el contacto, que roza, que arde, que resiste y que se afirma en la escena. Es el resultado de un laboratorio de performance donde la creación se convierte en cuerpo y el cuerpo, a su vez, se transforma en manifiesto.En el escenario aparecen Rebeca e Ivana, dos intérpretes que se exponen sin concesiones, que habitan sus propios territorios corporales y nos invitan a entrar en ellos con honestidad brutal. Desde una propuesta arriesgada y profundamente sentida, nos sumergen en la experiencia de sus cuerpos reales: cuerpos que emanan arte, que comunican con cada gesto, que existen y que se hacen presentes en un mundo que demasiadas veces juzga antes de escuchar.

El discurso que proponen no se formula necesariamente en palabras, sino en presencias. Hablan desde la gordura, el deseo, la memoria y el insulto; desde las marcas que cargan, desde las cicatrices que la sociedad imprime en los cuerpos que no encajan en sus moldes. Nos interpelan en los miedos que alguna vez callamos, en los rincones donde no hubo espacio para visibilizar ni fuerzas para defendernos. Cada movimiento, cada mirada, cada grito es un acto de resistencia, una declaración de existencia.

La música en vivo de Walo Falcón no acompaña como fondo: irrumpe, incendia, sacude. Se convierte en fuerza vital, en motor sonoro que amplifica lo que sucede en escena y lo que se enciende en cada espectador. Es vibración, es herida, es grito.

En medio de la función, alguien comentó: “Quieren romantizar el sobrepeso…”. Y aquí es donde la obra marca la diferencia. No se trata de romantizar —porque romantizar suaviza, endulza, atenúa—, sino de visibilizar. Visibilizar es encender la luz donde antes había silencio, es transformar lo que ha sido negado en discurso, en arte, en acto de resistencia. En esta performance, la luz es palabra y cuerpo, es acción política, es transformación.

Lo negro del roce en el cuerpo que habito no se queda en el impacto de una única función. Las propias intérpretes afirman que seguirá, que mutará, que se transformará en nuevas formas de habitar la escena. Y ojalá así sea. Porque necesitamos más de estos momentos en los que el teatro presta su espacio para que los cuerpos reales, deseantes, vivos y no normativos muestren la potencia de su poética. Momentos para recordar que la belleza del arte está en su capacidad de incomodar, de conmover y de abrir preguntas que antes parecían imposibles.

Esta performance es un gesto valiente, un acto de visibilidad y de amor propio convertido en poesía escénica. Una invitación a sentir, a pensar y a dejar que nuestros propios cuerpos también hablen.




Saverio ¿Él Cruel? – Una farsa que desnuda la crueldad del poder

 Saverio ¿Él Cruel?, del Grupo BORDE, nos propone una adaptación tan filosa como incómodamente actual del clásico de Roberto Arlt. La casa de una juventud adinerada se convierte en el terreno de juego perfecto para una farsa despiadada, donde la víctima —Saverio, un humilde vendedor de purificadores de agua— es arrastrada sin saberlo a ser el protagonista involuntario de una ficción cruel. Lucas García, con inteligencia y atrevimiento, pone en duda desde el mismo título lo que antes parecía una certeza: ¿es Saverio realmente cruel o lo es, en realidad, el sistema que lo somete a este experimento? Desde esa pregunta inicial se abre el camino hacia una obra que no teme meterse en los territorios más incómodos: la crueldad transformada en espectáculo, el poder entendido como capricho, la locura utilizada como disfraz.

Susana lidera el juego perverso, fingiendo padecer una enfermedad mental que solo podría “curarse” si Saverio acepta transformarse en el temido Coronel. A partir de ese momento, el límite entre lo actuado y lo real se desdibuja con inquietante fuerza, dejando al espectador en un estado de alerta constante. El mecanismo teatral se convierte en un espejo distorsionado, donde lo lúdico se vuelve violento y donde la ficción revela una verdad mucho más oscura sobre la naturaleza del poder y la manipulación.

El elenco conformado por Tomás Morales Michelini, Jonatan González, Quimey Castillo Oviedo y Katia Bradford ofrece un trabajo sólido, preciso y visceral. La tensión, el humor ácido y la incomodidad atraviesan la sala en cada escena, sosteniendo la obra con interpretaciones que nunca se permiten el artificio. La potencia de sus actuaciones nos recuerda que la locura, lejos de ser solamente un síntoma clínico, puede convertirse en una construcción social cargada de prejuicios, exclusiones y violencias invisibles. Esa incomodidad que late en la obra es la que le otorga su vigencia y la convierte en una experiencia teatral inquietante y necesaria.

La puesta en escena es honesta, intensa, sin adornos superfluos, y respeta profundamente el espíritu del original de Arlt, pero al mismo tiempo lo reinterpreta y lo problematiza desde una mirada contemporánea. La dirección de Lucas García se arriesga a incomodar, y lo hace con lucidez, explorando cómo la crueldad puede convertirse en un juego de poder tan vigente hoy como en los tiempos de Arlt.

Al final, resuena una frase que se queda clavada en la memoria: “La farsa es para nosotros, para los demás no”. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿y si la farsa es, en verdad, la vida misma? Esa duda, planteada con crudeza y belleza a la vez, es el mayor mérito de esta obra que trasciende su tiempo y nos interpela directamente como sociedad.

Una producción del Grupo BORDE, con dirección y adaptación de Lucas García sobre el texto de Roberto Arlt, y con las actuaciones de Quimey Castillo Oviedo, Jonatan González, Katia Bradford y Tomás Morales Michelini. Una propuesta valiente, actual y profundamente perturbadora que confirma, una vez más, el enorme talento de este grupo y la vigencia inagotable de nuestro teatro.





Lara Espera... O todo el mundo jode todo el tiempo

 Lara Espera... O todo el mundo jode todo el tiempo no es una obra de teatro convencional. Desde el primer instante, la puesta en escena sorprende con un recurso audaz y contemporáneo: la integración de la Inteligencia Artificial como elemento escénico. Lejos de ser un mero artificio tecnológico, esta decisión se convierte en el motor narrativo de la historia, explorando el delicado y complejo límite entre lo virtual y lo tangible. La protagonista, Lara, aparece atrapada entre dos mundos. La realidad virtual —encarnada en una amiga imaginaria o digital— se manifiesta con gritos, frases repetidas y un discurso seductor: “lo irreal duele menos”. Esa voz persuasiva busca convencerla de escapar hacia un espacio donde la angustia parece atenuarse. Sin embargo, cuando Lara rompe con esta presencia artificial, se enfrenta a la crudeza de su propia realidad: un hermano que emerge de sus propios fantasmas mentales, una madre ausente y un mundo que la desborda y la lastima. La tensión entre escapar hacia la ilusión o permanecer en el doloroso presente se vuelve el eje dramático de la obra, generando una experiencia intensa y profundamente conmovedora.

Uno de los elementos más intrigantes de la puesta es el recurrente uso del color rojo en los objetos de Lara: sus zapatillas, su bolso. Este detalle visual, aparentemente sencillo, abre múltiples interpretaciones. ¿Se trata de un código oculto? ¿Una representación de la pasión, del peligro, de la rebeldía, o de la misma virtualidad que amenaza con devorar lo real? La ambigüedad se mantiene hasta el final, invitando al espectador a reflexionar y, quizás, a volver a ver la obra para intentar descifrar su enigma. El cierre de la pieza es desconcertante, abierto, incluso inquietante. No ofrece respuestas claras, sino que multiplica las preguntas: ¿qué es real y qué no lo es? ¿Qué valor tiene la verdad en un mundo atravesado por lo virtual? Ese final deliberadamente ambiguo se convierte en una provocación al público, que sale con la sensación de haber asistido no solo a una obra de teatro, sino a una conversación urgente sobre nuestra propia época. La música de los Beatles, cargada de nostalgia y ternura, contrasta maravillosamente con la temática moderna y tecnológica. Ese contrapunto agrega humanidad, una suerte de ancla emocional que equilibra la frialdad de lo virtual con la calidez de lo que todavía nos conecta como seres humanos.

La dirección logra una atmósfera absorbente, densa y vibrante, en la que cada elemento visual y sonoro contribuye a la construcción del relato. Las actuaciones de Paloma Serradori Schwaderer, Ingrid Holzweissig y Guillermo “Waly” Zambon son convincentes y profundamente comprometidas, sosteniendo la intensidad emocional de la obra y dando vida a personajes atravesados por la contradicción, el dolor y la necesidad de aferrarse a algo real. El mérito mayor es que la integración de la IA nunca se percibe como un simple truco escenográfico. Por el contrario, se convierte en un elemento narrativo central, que dialoga con los personajes y con el público, explorando las posibilidades expresivas de la tecnología sin perder la esencia del teatro como arte vivo. La paradoja es evidente: se utiliza la inteligencia artificial para demostrar, justamente, lo que jamás podrá reemplazar: la creatividad humana, la sensibilidad, la capacidad de escribir, dirigir e interpretar con verdad.

La frase que atraviesa la obra —“Digan la verdad mientras puedan”— resuena con fuerza y permanece mucho después de que se apagan las luces. Es una invitación a cuestionar nuestra relación con la verdad, la autenticidad y la memoria en un mundo cada vez más mediado por lo virtual. En definitiva, Lara Espera... O todo el mundo jode todo el tiempo es una propuesta audaz, innovadora y profundamente reflexiva, que combina lo mejor del teatro experimental con una sensibilidad poética que toca fibras íntimas. Una obra que conmueve, que provoca, que abre debate y que se queda latiendo en la mente y el corazón del espectador. Altamente recomendada para quienes buscan una experiencia única, contemporánea e inolvidable.





“La Audición”: Diez años de Rosca, diez años de revolución teatral

El grupo Rosca, bajo la dirección del talentoso y provocador Ricar Mosca, celebra una década de existencia con una obra que no solo marca un hito en su recorrido, sino que también sacude y redefine los límites del teatro local: La Audición.


En estos diez años, Ricar ha logrado construir algo que pocos consiguen: una identidad propia, inconfundible, reconocible al instante. Su teatro está atravesado por la búsqueda de la verdad actoral, despojada de ornamentos, donde lo visceral y lo humano se imponen sobre cualquier artificio. Esa apuesta se respira en cada minuto de La Audición, donde el espectador no asiste a una mera representación, sino que se convierte en cómplice y testigo de una experiencia intensa, casi física.
Cuatro actores excepcionales sostienen la obra con un compromiso absoluto. Sus cuerpos son tan elocuentes como sus voces; cada movimiento, cada pausa, cada respiración transmite el peso de los sueños, el dolor de los fracasos y la euforia de seguir intentando. El público percibe esa entrega total, esa valentía de exponerse sin red, y se deja arrastrar por un vaivén de emociones que van desde la risa liberadora hasta la incomodidad más punzante.


La calidad interpretativa es altísima: no hay personajes rígidos, sino seres humanos de carne y hueso que nos interpelan con su crudeza. Esa intensidad, esa energía a flor de piel, es la marca registrada de Rosca, y en La Audición alcanza una de sus cumbres más poderosas.
La trama se sumerge en la cruda realidad del oficio actoral: las esperanzas, las presiones, las provocaciones y las leyendas que circulan en los pasillos del teatro. A través de la historia de una actriz, la obra abre un portal a los entretelones del escenario, mostrando tanto la fragilidad como la resiliencia que habitan en quienes dedican su vida a este arte.
El público se mantiene en vilo, atrapado por la tensión de no saber qué ocurrirá a continuación. Hay momentos de humor corrosivo que alivian la carga, instantes de ternura que conmueven, y situaciones que incomodan por lo verosímiles, por lo cercanas. Esa montaña rusa emocional convierte la experiencia en algo impredecible y profundamente humano.


Uno de los aspectos más brillantes de La Audición es la inclusión de referencias sutiles, guiños que los conocedores del teatro chaqueño sabrán identificar. Son pequeños homenajes que celebran a la comunidad teatral local, que reconocen sus luchas, sus mitos, sus contradicciones y su vitalidad. Este gesto, lejos de ser un detalle menor, refuerza la audacia del grupo Rosca, que no teme reírse de sí mismo y de su entorno, mientras lo eleva con respeto y afecto.
Las decisiones escénicas e interpretativas son magistrales: el ritmo, el uso del espacio, la tensión constante que nunca decae. El público sale conmovido, sorprendido, con la piel erizada. No es posible anticipar lo que sucederá en escena, y esa incertidumbre convierte la función en un acto irrepetible.
No daré demasiados detalles —porque esta es una obra que debe vivirse en carne propia—, pero basta decir que La Audición provoca un abanico completo de emociones: reír, llorar, temblar, excitarse, enojarse, recordar, anhelar, dudar y, sobre todo, esperar.
La Audición no es solo una celebración de los diez años de Rosca, es la confirmación de un camino de valentía, de experimentación y de fidelidad a un estilo que desafía lo establecido. Es, también, una promesa: la certeza de que lo mejor aún está por venir.
Felicitaciones al Grupo Rosca por esta década de innovación, por atreverse a incomodar y emocionar, por regalarnos una experiencia teatral que trasciende el escenario. La Audición es más que una obra: es un acto de resistencia, de amor al teatro y de revolución artística. ¡No se la pierdan!




"Carta para no llorar": cuando el teatro encuentra el valor de decir aquello que tantas veces callamos...

Por Nicko Stea. Hay obras que buscan entretener. Otras, emocionar. Y existen algunas, muy pocas, que logran algo mucho más difícil: hacer qu...